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Atardecía y la elefanta sintió unas ganas irrefrenables de escribir. El cielo era una bola de fuego y por la mejilla de la elefanta se deslizó una pesada lágrima. Y luego otra. Debido a su evidente incapacidad física, la elefanta le pidió ayuda al mono, quien accedió amablemente. Pero necesitaban los materiales, entonces le pidieron ayuda al gato, que también asintió y cumplió con su parte.


«Me gustaría conocer la selva. Me han hablado de ella la tigresa, el mono e incluso el gato, pero yo no la conozco. Ya estoy vieja, tal vez demasiado. Los humanos me pesan. Me encantaría pisar el pasto fresco de la mañana y comer frutas frescas de los árboles.»


Junto con el primer haz de luz de la mañana, el hombre despertó. Sorprendido, leyó detenidamente la carta de la elefanta firmada por el mono y el gato. Cuando llegó a la jaula, comprobó lo inesperado: la elefanta no despertó esa mañana.


Esa tarde, durante el show, los animales se comportaron de manera muy extraña, e hicieron renegar a los dueños del circo. Cuando terminó el show, el hombre cortó los colmillos de la elefanta y se dirigió al mercado para venderlos y comprar una nueva elefanta.

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Las almas no mueren

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