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Primer acto

Ay, Paul, Paul… Te conozco desde hace tanto tiempo y recién ahora nos encontramos cara a cara. Bueno, butaca a escenario, para ser más exactos. La distancia no importa, por supuesto, aunque casi me quedo afuera, y ahí sí hubiese importado. Por suerte Martín, mi conductor con audición disminuida asignado por Uber, no escuchó los gritos de los transeúntes y aceleró como si no lloviera y no fuera hora pico en el Microcentro porteño.

Bocha se la jugó también: se quedó a dormir en Buenos Aires el día anterior y fue a hacer la cola temprano. A las seis entregaban doscientas entradas y el resto lo miraba por televisión. Literal. Llegó a las cuatro y media, y ya había más de cien personas en la fila. A las cinco la cosa se puso tensa y empezaron los aplausos. Yo todavía estaba en la estación Bernal de la Línea Roca. ¿Ya estás en Constitución? Me faltan unos quince minutos. Vas a llegar cagando. Sí, la puta madre; retené la cola, conseguime una entrada, ¡por favor! Llego a pedir una entrada de más y me linchan; se están colando algunos y hay griterío. ¡Conseguime una entrada que ya llego!

Tincho manejó como Schumacher, pero en su Corsa Classic. Seis y diez, sabiendo que Bocha milagrosamente me había conseguido una entrada, me bajé del Uber y corrí escalera arriba hacia la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Me acerqué a una de las patas del gigantesco elefante blanco, a la que tiene el ascensor, y lo encontré a Bocha lógicamente ansioso con mi entrada en la mano. Me acerqué con mi mejor cara de “vengo a ver a mi amigo Paul“. Menos mal que llegaste, chabón, pensé que nos quedábamos afuera. Safamos gracias al Uber; gracias por bancarme, amigo.

Segundo acto

4, 3, 2, 1, todas las vidas de un narrador

A las siete en punto, ya acomodados en las pequeñas pero confortables butacas del auditorio Jorge Luis Borges, recibimos con aplausos al director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, quien nos trajo las malas noticias: Paul Auster no va a recibir preguntas de la audiencia ni va a firmar libros porque está cansado. Fuimos a escucharlo hablar de literatura, el faranduleo puede esperar. En medio de la introducción, y agitado por el pronunciamiento de su nombre, Paul ingresó al auditorio y el público se enrojeció las palmas. Desconcertado, Alberto cortó la introducción, aplaudió y se retiró. Paul Auster no habla una sola palabra de español, por ende nunca entendió que lo estaban presentando

Raquel Garzón estuvo a cargo de la entrevista. Presentó al amigo Paul, habló de sus libros, de sus traducciones y de sus películas, y describió brevemente la novela que Auster venía a presentar: 4, 3, 2, 1. La novela nos cuenta cuatro posibles versiones de la vida de Ferguson, nos habla sobre su percepción del amor, del arte, de la política, y nos pone ante la pregunta “¿Qué hubiese pasado sí…?”. Paul nos contó que este es uno de sus disparadores literarios más efectivos. También nos aseveró que todas sus obras tienen como ejes temáticos la problemática de la identidad, el azar y el misterio de estar vivos.

Cada vez que tuvo que escribir un capítulo de la novela, Auster diagramó una lista de ideas (entre quince y veinte). Luego, se sentó frente a su máquina de escribir y dejó que la selección de ideas fluya naturalmente. Generalmente, solo cuatro o cinco de esas ideas quedan en cada capítulo. Paul, en base a la frustración que le generan las ideas relegadas, sugirió que las novelas deberían contener un mapa de desilusiones, donde el autor describiría todas las ideas que quedaron afuera de la novela y el por qué. Evidentemente, todavía no lo llevó a la práctica.

Luego, nos presentó una paradoja. Su padre murió a los 66 años de edad, entonces él creía que iba a morir a esa edad. No concebía la posibilidad de vivir más años que su padre. Cuando cumplió los 66, supo que su vida había llegado al final. Tomó más precauciones de las normales, aunque su salud estaba perfecta, al igual que la de su padre cuando murió. Durante esos años escribió 4, 3, 2, 1. Cuando la planeó, asumió que la novela le llevaría siete años de escritura. Debido a su apuro, a sus pocos encuentros sociales, al abandono de su día de descanso (el domingo), Paul terminó de escribir la novela luego de tres años y medio. Y todavía sigue vivo

Nuestra intrépida entrevistadora, luego de la confesión sumamente personal de Paul, quiso continuar por la senda familiar preguntándole a Paul acerca de su hijo. Daniel Auster tuvo serios problemas con las drogas e incluso le robó a un muerto que mataron sus propios amigos delante de su rostro. Paul, con una rigidez que no le habíamos conocido, respondió: “No voy a hablar de mi hijo en frente de todos estos extraños“.

Durante su extensa y prolífica carrera literaria, Paul Auster solamente abandonó dos proyectos de novelas. Por supuesto tuvo momentos en los cuales no supo cómo continuar una novela o un capítulo. En sus inicios, se ponía muy nervioso y sufría muchísimo durante estos períodos de bloqueo. Sin embargo, con el tiempo se fue relajando porque se daba cuenta de que esos bloqueos eran temporales. Podía tardar una semana o un mes en resolver el bloqueo, pero sabía que al final de cuentas lo resolvería. De aquí, Paul dedujo una de las máximas fundamentales para su escritura: para hacer arte hay que estar abierto y relajado, e incluso hay que ir en contra de nuestros principios morales para explorar los sentimientos más profundos. Escribir ficción es una forma de entender la realidad, es una forma de expresar lo increíble del mundo, su “uniqueness” (“singularidad“).

Luego de callar a una persona que estaba hablando en la tercera fila (“Solo uno de nosotros puede hablar a la vez. Los dos no”), Auster respondió algunas preguntas sobre su etapa de guionista de cine. Escribió cinco películas: Smoke, Blue in the face, Lulú on the bridge, La vida interior de Martin Frost y The music of chance (basada en su novela homónima). Nos confesó que ya no participará de ningún rodaje, debido a que llevan mucho tiempo y esfuerzo. También nos contó que su etapa favorita del cine es la de los años 1930, ya que aquí comienza a introducirse la voz en los rodajes. Este punto de inflexión fue muy importante para Auster y siempre que tiene un poco de tiempo libre lo invierte en cine estadounidense de esos años.

También nos contó una anécdota que refleja su personalidad y su forma de lidiar con los problemas. En el rodaje de una de sus películas, necesitaba un auto antiguo que tuviera las ventanas traseras rebatibles, ya que la actriz debía sacar su cuerpo por el auto para despedir a su amado mientras el auto se ponía en movimiento. Su asistente personal le consiguió el auto y, minutos antes de que comience el rodaje, fueron a revisar las ventanillas. La ventanilla trasera estaba rota, entonces no podían bajarla. Auster, resignado, entendió que ese día de rodaje estaba perdido y que eso significaba una pérdida de dinero muy grande. Pero no se enojó, porque él no se enoja. Su asistente, sin embargo, llamó a la compañía de alquiler de autos y los insultó durante horas. Paul lo simplificó de esta manera: “You don’t get angry, you let others get angry for you” (“No te tienes que enojar, deja que otros se enojen por ti”).

Otra anécdota muy jugosa fue la que versó sobre su máquina de escribir. La máquina ya estaba comenzando a oxidarse, entonces un amigo le regaló una casi idéntica que estaba en excelentes condiciones. Sin embargo, a Paul le gustaba la cadencia de su máquina. Entonces, le llevó las dos máquinas a la única persona que todavía repara máquinas de escribir en Nueva York y le dijo que utilice las partes de la máquina que estaba en buenas condiciones para reparar las piezas dañadas de la suya. “Tendré máquina de escribir por cien años más“, sentenció.

Esta anécdota está muy relacionada con un aspecto de Auster que me llamó poderosamente la atención: su nula relación con la tecnología. La entrevistadora le preguntó acerca de la tableta que le regaló su esposa, Siri Hustvedt. La única función útil que le encontró a la tableta es que ahora ya no tiene que ir a una biblioteca para revisar los diarios del año 1946 para saber si el 4 de mayo fue viernes o domingo. Ahora lo puede encontrar en internet. El público no pudo evitar reírse y Paul asumió su desinterés por las nuevas tecnologías.

Para el final de la charla se volvió completamente evidente que Paul Auster está obsesionado con el tópico de “hacer arte“, con lo que hay en común entre los artistas más allá de las disciplinas. Su impulso para hacer arte está dado por una herida profunda que sabe que tiene, pero que todavía no pudo identificar. “No sé por qué tengo esta herida, pero me incita a escribir y así será por el resto de mi vida. Todavía no pude identificar su origen, pero sé muy bien que está ahí”, afirmó. Además, citó algunas definiciones sobre el proceso de hacer arte. ¿Mi preferida? “La gente hace arte porque el mundo no es perfecto“.

Sin dejar de remarcar el carácter complejo pero interesante de las preguntas de Raquel Garzón, Auster recibió un aplauso cerrado y se levantó de su silla y huyó, sin darle tiempo al director de la Biblioteca Nacional a subirse al escenario para agradecerle su presencia. Así es Paul: un escritor, un bicho raro. Ese es Paul: un maestro de la literatura contemporánea en plena vigencia.

Tercer acto

—Che, este Paul está re loco. ¿Vos viste como huyó del escenario ni bien terminó?

—Se quiere ir a la casa, debe estar re podrido de que le hagan preguntas.

—Más vale. Estuvo muy buena la charla. Yo pensé que iba a ser un embole, algo súper técnico, encima en inglés. Pero nada que ver.

—Se pasó. Estuvo muy interesante. Ahora, no lo saques de Estados Unidos porque no te caza un fútbol. No sabe absolutamente nada de Argentina. Creo que si le pasás un mate lo confunde con una pipa.

—Boludo, nos re pasamos. Hicimos cuatro cuadras de más. La parada del micro nos quedó para el otro lado ahora.

—Uh, la re puta madre. Eso nos pasa por cebados. Nos dejó llenos de energía Paul.

—Tremendo lo que disfruta y ama su profesión. ¡El tipo estuvo tres años y medio para terminar la novela! Es un manija.

—Es un manija de la literatura. Me lo re imagino con Siri dándole los dos a la máquina de escribir, en silencio, con algún cafecito de por medio. Debe tener solo luces tenues por toda la casa.

—Menos mal que vinimos

—Menos mal que viniste temprano y conseguiste las entradas. Pensé que no llegaba. Me iba a querer cortar las bolas.

—Che, qué bichos raros que son los escritores.

—Somos así: locos de mierda, pero nunca aburridos.

—Es verdad. Y la lluvia que no para… Salimos hoy cuando llegamos, ¿no?

—Por supuesto, amigo. Pero antes necesito un buen baño de agua caliente.

—Qué limado que está este Paul

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