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Desde mi punto de vista, los viajes no deberían medirse en cantidad de lugares visitados o en cantidad de banderitas en la mochila. Tal vez sí en cantidad de sabores que te dejan pensando: ¿con qué condimentaron esto? Pero sobre todo, los viajes que merecen la pena ser recordados tienen esos momentos en los cuales la piel se te eriza, esos momentos que te dejan perplejo y uno no entiende si lo que está viendo realmente está pasando. “Piel de gallina”, esa es la expresión exacta, so pena de dejar fuera de la compresión a un amplio público hispanoparlante. Me pasó en Estambúl, unas dos o tres veces, se me puso la piel de gallina, y sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. La magnificencia de la Mezquita Azul, el atardecer lleno de gaviotas sobre el Bósforo, el llamado a rezar desde la Torre Gálata. Me pasó en Praga, una vez que ingresé a la plaza central y noté la simetría hipnótica de los edificios que la rodean. Y me pasó en Prachuap Khiri Khan, en la provincia tailandesa homónima. Pero esta vez no se debió a un lugar, o a un sonido, o a una circunstancia. Esta vez se debió a un festejo, que sabía que iba a suceder, pero cuya magnitud, con mi cabeza de occidental engreído, nunca percibí.

El año nuevo budista es una celebración maravillosa, ridículamente alegre, en la cual los creyentes de todo el sudeste asiático salen a las calles, mujeres, hombres, niños, ancianos, mercaderes, cocineros, abogados y médicos, pescadores y linyeras, a ser felices, a celebrar el nacimiento del Buda. El 13 de abril de 2016 comenzó la celebración de Songkran, y el calendario marcó el comienzo del año 2559.

¿Cómo se festeja? Considerando las temperaturas promedio de la zona (en todo Tailandia, la temperatura oscila entre los 27 y los 36° C durante todo el año), de la única forma posible: tirándose agua. Pero no un poco de agua, ¡baldazos! Toda aquella persona que tiene una camioneta o una pick up, carga un bidón de 20 litros o, de ser posible, la cisterna de la casa, en la caja y a todos los familiares que entren, y salen a la calle principal a disfrutar de mojarse. Las pistolas de agua son el juguete preferido de los niños, mientras que los adultos utilizan instrumentos más contundentes (fuentones, vasos, jarros, mangueras).

El segundo elemento importante en esta celebración es la pintura. Al coro de “Songkran, Songkran”, la gente arma pintura casera y embadurna la cara de los transeúntes. O la de los motociclistas, o los vidrios de los autos, o la cara de los policías (sic, terminan empapados y pintados), o, incluso, las estatuas del mismísimo Buda. Este ritual surgió como una manera de bendecir las imágenes del Buda, y el agua que era vertida sobre él, luego era derramada sobre los rostros de los ancianos, también a modo de bendición.

Hecho sopa, con la cara pintada de blanco, gris, rosa, rojo, verde y magenta, noté que al desfile callejero de autos, motos y transeúntes, se sumaba una caravana particular: un micro con militares. Luego un carruaje florido con imágenes del Buda. Posteriormente, un caballero y una dama vestidos de gala. Una banda con bombos y platillos. Todos terminaron inobjetablemente empapados, chorreando agua hasta por los codos, y en su cara, impoluta y sacra, una sonrisa preciosa. Música, alcohol, agua, pintura, sonrisas. Y yo con la piel de gallina hasta en los dedos de los pies.

Cuando sentía que ya más nada podía llamarme la atención, que ya todo era demasiado, noté que la policía, que había participado de la celebración, “ordenando” el tráfico y recibiendo agua y pintura, tomó un rol decididamente activo. A eso de las 5 de la tarde (la celebración había empezado a las 12), comenzaron a hablar por los altoparlantes en tailandés y a marchar por el medio de la calle. Ordenadamente, y de manera continua, la gente despejó las calles y al rato ya no quedaba nadie. La algarabía y el descontrol llegaban a su fin. El pueblo volvía a ser lo que era, un pequeño pueblo de pescadores del sur de Tailandia. Antes de irse, un muchacho me regaló una cerveza, y tranquilo, disfrutando de una cervecita bien fría, yo también me fui, tratando de armar en mi cabeza todo lo que había visto.

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