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Manuel era una persona especial: a él le gustaba abrazar a los árboles.

En el camino desde su casa al trabajo, siempre se cruzaba con ese eucaliptus centenario de la esquina de 68 y 4, y colgaba sus brazos alrededor del tronco por algunos minutos. Los porteros ya lo conocían, así que ninguno se inmutaba. A ellos también los saludaba, pero con un sacudón de manos.

Muchas veces le inventaba excusas a su mujer del estilo “voy a comprar una lata de choclo”, “se acabó el vinagre” o “necesito un tornillo de 2 milímetros”, cuando no “vuelvo en un rato, Estercita”. Largas fueron las ocasiones en las cuales Estercita, cansada de esperar y con la comida enfriándose, se subía al auto y lo traía de vuelta desde aquella palmera u otra.

Más allá de sus mentirillas ocasionales, Manuel era una persona muy querida en el barrio. El verdulero y la panadera se pasaban horas discutiendo con Manuel acerca de la frescura de los ingredientes, de las lluvias de abril o de las venideras de invierno.

Otoño era una época melancólica para Manuel. Él entendía el momento de los árboles y los contenía. Sus abrazos eran más prolongados. Durante esta estación, cuando lo notaba muy cabizbajo, la panadera le agregaba un churro a la media docena o le regala 100 gramos de libritos.

—Están muy frescos, recién sacaditos del horno. Lléveselos, se los regalo.

 

*****

 

En el patio de su departamento de calle 2 tenían ocho árboles en un lugar donde apenas cabía uno. Los vecinos, por supuesto, rezongaron un poco al principio porque las ramas se les metían por las persianas y aparecían nidos de hornero en el balcón. “Tómese unos mates que le cuento, Ramiro”, asentía Estercita, y después la historia de siempre. Una vez que terminó de contar los ciento treinta y cuatro bonsái, Ramiro comenzó a entender.

En el trabajo, todos admiraban a Manuel. Cuando se sentaba frente al piano, sus alumnos, entre susurros, lo calificaban de “celestial”, “mágico”, “genio” y “loco”. Como Manuel había explicado bien, los halagos había que guardarlos para la naturaleza.

—Pero disculpe, Manuel…

—Valentín, por favor, al piano. Mostrame cómo mejoraste tus escalas de Mí, que el domingo tenemos que presentarnos. Lo venís haciendo muy bien.

 

*****

 

Manuel sufría la poda en carne propia, sentía que le cortaban los brazos, no las uñas de los dedos. Estercita lo sabía, y por eso, durante esta época del año, siempre que iba al supermercado traía velas para que Manuel encienda debajo de los cipreses semi-desnudos. Los porteros de la cuadra, notando que las manos de Manuel ya empezaban a temblar por el frío, lo ayudaban a encender las velas e incluso a cantarles alguna que otra canción de Los Beatles.

—A este ceibo le encanta Yellow Submarine. Fijate como mueve las hojas.

—Tenés razón, Manuel, pero no me acuerdo la letra. Cantala que yo te sigo…

 

*****

 

El verdulero fue el primero en darse cuenta que Manuel se había pegado al sauce llorón. Se le veían solo las piernas, ya que las hojas le tapaban el torso por completo. Media hora a una hora y media era normal, pero cuatro horas abrazado al sauce llorón son demasiadas, pensó el verdulero, y le encargó a su hijo que cuide el despacho mientras traía a Estercita.

—¿Dónde lo viste? Lo estuve buscando por todos lados. Me tendría que haber imaginado que estaba abrazado al sauce. ¿Cómo pegado? Vamos ya mismo.

Junto con el verdulero y con Estercita, también se acercó la panadera al sauce, que notó el alboroto y sospechó lo peor. Luego de seis horas, Manuel seguía abrazado ferozmente al melenudo árbol.

—Manuel, dale que en un rato tenés que empezar la clase.

—Manuel, se van a enfriar las medialunas que te traje.

—Manuel, le traje unos hinojos, pero están pesados. Estercita no los puede cargar.

Manuel nunca se despegó del árbol.

 

*****

 

Desde entonces, Estercita riega dos veces por día el sauce llorón, con la manguera que le presta el portero pampeano del edificio de mitad de cuadra: una vez bien temprano por la mañana y otra por la noche, cuando el sol ya se ocultó. No abraza el árbol, porque tiene miedo de quedarse pegada, pero cada vez que llega la época de poda, les pide a los podadores que por este año no corten las ramas del sauce llorón.

—A Manuel no le hubiese gustado. Está lindo así. Ese eucaliptus, sin embargo, está muy alto. Empiecen por él.

 

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