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Desde el momento en que empecé, de manera independiente, a estudiar la historia y el surgimiento de los estados-nación, sobre todo después del bombardeo yanqui a Hiroshima y Nagasaki, me di cuenta de que las sociedades intentan funcionar con un sistema que no les es propio, un sistema que les fue impuesto. Luego de un mínimo análisis, nos daremos cuenta de que los países están habitados por gentes tan diversas que, si fuésemos justos, deberíamos dividir los países en países cada vez más pequeños. Si, además, tenemos en cuenta que las líneas divisorias fueron, en su mayoría, dibujadas por europeos en casi todo el mundo, se volverá evidente que los conflictos sociales son sumamente lógicos: agrupamos peras, manzanas, duraznos, uvas y bananas, para que las sandías manden.

El carácter argentino, desde mi forma de verlo, no escapa a esta lógica: defendemos ideas muy diferentes e, incluso, muchas veces, contradictorias, en temas tan variados como política, economía y fútbol. Gente de la misma ciudad se mata a piedrazos para “defender el honor de sus colores”, y pretendemos que los puntanos y los fueguinos se pongan de acuerdo para regular impuestos.

Sin embargo, y por suerte, las personas con pasaporte argentino (y, se podría decir, los latinoamericanos en general) tenemos, mayoritariamente, una característica común que nos une: la capacidad de sociabilizar. Cuando discutimos sobre política, sobre educación o sobre derechos, puede que esto no sea tan evidente; pero cuando compartimos eventos culturales (sí, lo sé, es un concepto notablemente vago) esta característica común cobra más fuerza.

Sentí profundamente esa unidad en el Festival del bosque, un festival de folclore que se realizó en el bosque platense hace algunos años. También lo siento todos los años en los festejos por el día de la primavera, aunque a veces el exceso de alcohol haga que vuelen algunas trompadas. Y, sin dudas, lo sentí en la Noche de los museos, este evento que cobra cada vez más relevancia en nuestra ciudad.

Miles de linternas iluminaron el bosque; niños disfrazados de astronautas, parejas de la mano, abuelos tomando mate, caminantes solitarios, todos, todos juntos disfrutando al unísono, dejándose sorprender por los espectáculos que ofrecían los museos: shows 3D, obras de teatro, exposiciones de arte, experimentos científicos y muestras fotográficas. Los partidos políticos, las clases sociales y los equipos de fútbol quedaron de lado y todos nos volvimos uno al menos durante algunas horas. “Les recomiendo ir al Palacio López Merino”, “Qué lindas que son las aulas de la Facultad de física”, “¿Me convidás un mate?”.

Para los platenses, la Noche de los museos no solo es una oportunidad ideal para sociabilizar: también nos permite redescubrir la ciudad que transitamos atontadamente día tras día. La lista completa de museos incluía cuarenta y seis locaciones diferentes, repartidas en nueve circuitos, entre los cuales se encontraban lugares tan disímiles como el Museo del ladrillo, el Museo de instrumentos musicales, el Museo de anatomía veterinaria o el Museo de los trabajadores. Los platenses tuvimos la chance, por una noche, de reclamar los espacios públicos que nos pertenecen.

Este año, el nombre del evento cambió: pasó a llamarse Museos a la luz de la luna. Y ella, que siempre se viste de gala para las ocasiones especiales, no falló. Más grande que de costumbre, más linda que de costumbre, nos mostró el camino, se coló por entre los pinos, los tilos y los eucaliptos, que completaron un marco formidable.

Quizás algún día no necesitemos este tipo de eventos para unirnos como comunidad. Espero que maduremos y aprendamos a respetarnos con nuestras diferencias. Hasta entonces, necesitaremos más noches de museos a la luz de la luna para entender que el que está al lado, a pesar de que luce y piensa tan distinto, en realidad es más parecido a nosotros de lo que creemos.

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