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Las entrañas de la Isla de Flores todavía no fueron descritas por la medicina “moderna”. Sus riñones y sus intestinos esconden misterios todavía no revelados, sorpresas camufladas entre la espesura del bosque.

Labuan Bajo recibe varios cientos de visitantes al mes, que desde su puerto se adentran en el pasado. Surcando un mar azul profundo, las embarcaciones se deslizan por entre formaciones de piedra caliza que parecen representar figuras del teatro clásico balinés, hasta desembocar en islas e islotes que desbordan de vida: ciervos, jabalíes, monos y dinosaurios. ¿Vivos? Sí, vivos: los impresionantes dragones de Komodo.

Estas bestias de más de dos metros pueden matarte con el contacto de su lengua en unas pocas horas. Pueden matarte también con su cola y, si lo desearan, pueden triturarte con su mandíbula. Su mirada y sus movimientos aletargados engañaron a un suizo hace unos veinte años y, luego de algunos días de búsqueda exhaustiva, solo apareció su cámara.

Debajo del agua que rodea las islas, el paisaje es igual de impresionante. Los bosques de coral son el refugio ideal para cientos de criaturas que viven en armonía, cazándose y persiguiéndose para sobrevivir, pero en armonía. Estos peces y estas estructuras de coral que parecen diseñados por Gaudí nos obligan a ampliar la gama de colores descripta, ya que las palabras fluorescente, violeta, blanco o multicolor no son suficientes.

Bajo la atenta y penetrante mirada de los tiburones de arrecife, tras sus movimientos finos y eléctricos, se esconde una criatura que podría recibir el apodo de “albatros subacuático“: la manta raya. En grupos de diez o doce y a ritmo acompasado se desplazan elegantemente impulsadas por sus magníficas “alas“. Sus movimientos cansinos, similares a los de las tortugas marinas y a los de los tiburones ballena, transmiten una sensación de paz incomparable, algo que no se esperaría de una criatura que puede llegar a medir más de cinco metros.

Ya en Bajawa, luego de una travesía de siete horas cargadas de humo, pop indonesio, bolsas de arroz, curvas y contracurvas, Daniel, nuestro guía de pueblos de montaña, nos explicó que la conexión de los habitantes de la Isla de Flores con su tierra es muy estrecha. Realizan rituales en los cuales sacrifican gallos, cerdos y búfalos para agradecerle a ésta la posibilidad que les da de desarrollarse plenamente en un ambiente que les brinda todo sin pedir nada a cambio.

El agua que brota de los manantiales se mezcla en arroyos escondidos en la selva impenetrable con el agua hirviendo que proviene de los muchos volcanes de la zona. Estas zonas de confluencia termales constituyen un sitio ideal para la reflexión en contacto pleno con la naturaleza más bruta.

Curvas, humo, pop a todo volumen; una moto arriba del techo, acantilados pintados de verde, humedad; playas de piedras azules, más humedad. A Ende no llegan cientos de visitantes al mes, tan solo un manojo de blanquitos occidentales que parecen arrojados por una mano gigante. Los endeanos nos miran con el mismo gesto que hacen los niños frente a la jaula de los monos en el zoológico.

Los monitos se trepan a una van destartalada nuevamente y son depositados como bolsas de arroz en las faldas del volcán Kelimutu. Miran, los monitos, y los niños, en un gesto enternecedor, les marcan el camino, ese que hay que comenzar a las dos de la mañana para poder ver el amanecer desde la cima del volcán. Guiados por linternas pequeñas, pero sobre todo por la luna y las estrellas que brillan en el firmamento impoluto, los monitos se van convirtiendo de a poco en niños para admirar la imponencia del paisaje.

Llegan, los niños, a la cima y esperan, con miedo y frío, la salida del sol. Junto con algunos otros niños, apiñados en un mirador, imaginan el paisaje que se les revelará con los primeros haces de luz mientras disfrutan del canto de las aves que no pueden ver. El sol ya les quema la vista y los niños arman una visera improvisada con la mano para admirar los tres cráteres que podrían erupcionar en cualquier momento sin brindarle la chance a nadie de hacer nada. Las almas que habitan esos cráteres comienzan a ascender junto con los primeros rayos de luz: almas jóvenes del cráter azul, almas avejentadas del cráter celeste y almas en pena del cráter negro. Las montañas nos rodean en todas las direcciones, ya no hay escapatoria: esos niños de ojos brillantes que somos ya no podrán volver a ser los adultos de mirada altiva que llegaron a la Isla de Flores.

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