This post is also available in: enEnglish

«La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas».

Oliverio Girondo

 

¿Por qué no lo hago solo si sé que lo tengo que hacer y, a la vez, sé que me traerá resultados sumamente reconfortantes? Si sé que es mucho menos probable que me cruce lo distinto si tomo siempre el mismo camino, si sé que la sorpresa y la novedad se esconden tras el disfraz de la monotonía, si lo sé, ¿entonces por qué? ¿Tan ensimismado estoy en cavilaciones fútiles que, cuando llego a una conclusión valedera, cuando consigo formular una proposición fructífera («no esperes encontrar novedades si transitás siempre el mismo camino»), no la asimilo y la hago carne? ¿Tan ensimismado estoy que necesito recordatorios?

La suerte y los amigos son buenos recordatorios, al igual que las hojas del otoño y el rocío del campo. Tomar otro camino, aunque haga una cuadra de más, tomar otro camino para poder ver, para sentir que puedo ver y no simplemente transitar. El camino nuevo, el distinto, se deshoja como un helecho en las manos de un niño. El camino de las sorpresas, el que no quise ver, el que me negué a recorrer por esa cuadra de más, el único camino ahora, parecería, pero…

Procrastino el disfrute por llegar a horario, como si esa cuadra de más cambiara algo, como si no pudiera salir un minuto y medio antes para pasar por el zaguán de las violetas, por la casa con el banco de plaza en la vereda, por el frente de la iglesia y el colegio que, en ebullición constante, alborotan los sentidos y desajustan los engranajes de los relojes de la cotidianeidad.

¡El zaguán de las violetas, el zaguán de las violetas! Yo también quiero darle color al mundo y tener mis propias violetas, desordenadas, despeinadas, en ebullición. ¡La ebullición, la ebullición! No precisamos más que un cambio ínfimo en nuestros marcos mentales para convertirnos en turistas dentro de la rutina, para mirar las casas de siempre con los ojos de un otro que nos sugiere prestarle atención a los techos abovedados, a las filas de palomas sobre la canaleta de ese galpón, a los pozos del asfalto, que tienen forma de tortuga y de ballena y de pelota de rugby y de corazón.

Procrastino, procrastino muy a pesar mío (¿muy a pesar mío?) en pos de la funcionalidad: no tomes ese giro porque una calle de más. Hasta que los amigos o la suerte, que son buenos recordatorios, nos desestabilizan, nos empujan de la bici para que nos caigamos al cemente granulado que parece una playa y una lija y el fondo del mar cuando ya no quedan corales. Nos empujan de la bici y, cuando nos levantamos, notamos que el golpe no dolió tanto, que más allá de los raspones, el empellón sirvió para romper el cristal de la estructura, esa que nos encierra en un hogar confortable y sano y funcional y fútil, porque sí, digámoslo también, ¿sabemos realmente hacia dónde vamos con tanta funcionalidad lineal? ¡Las violetas, las violetas! ¡La ebullición! Miré con nuevos ojos y ya no necesité tantos empujones, tantos recordatorios.

Share on facebook
Facebook
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on twitter
Twitter
Share on email
Email

¡Las violetas, las violetas!

This post is also available in: English «La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas». Oliverio Girondo   ¿Por qué no lo hago

Read More »

Las almas no mueren

This post is also available in: English Pintura de El Hombre Grenno. Juliana salió al patio de su casa con la campera puesta y, luego

Read More »

This post is also available in: enEnglish