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Pintura de El Hombre Grenno.

Juliana salió al patio de su casa con la campera puesta y, luego de destrabar el pasador de la puerta de madera, siguió el sendero que conducía al bosque. Antes de que las ramas le tapen la casa, volvió la vista para ver si alguien la seguía. Constató que no había despertado a nadie, entonces siguió.

Se acordaba el camino de memoria: derecho hasta el sauce llorón; de ahí, a la derecha, hasta los arbustos espinosos. Una vez que encontraba esa flor amarilla, de la cual siempre se olvidaba el nombre, tenía que hacer un zig-zag y después ya buscar el ruido. Se acordaba el camino de memoria, pero era la primera vez que lo hacía sola.

Bueno, no estaba sola del todo, pensó Juliana, que miró hacia las copas que le tapaban el cielo y encontró una bandada de pájaros (gorriones, de esos sí se acordaba el nombre), que cerró los ojos y se halló rodeada de grillos. A la abuela le encantaba el canto de los gorriones, pensó Juliana, todavía con los ojos cerrados.

Abrió los ojos y paró las orejas: es por allá. A los pocos minutos, se topó con un árbol caído, que estaba atravesado en el medio del sendero sobre otro árbol. Entonces, con la agilidad que la caracterizaba, se tiró al piso y lo pasó por debajo. Lamentó mojarse la campera: sus padres la iban a retar. También pensó que la abuela no podría haber pasado por ahí.

Cuando llegó a la margen del río, se sentó sobre una piedra y se quedó en silencio. La abuela, pensó.

Una intuición de que algo se movía detrás de ella la hizo voltearse. La bruma ya se levantaba, junto con los primeros haces de luz, que se colaban por entre el follaje. La bruma, pensó Juliana, y volvió el cuello para quedar nuevamente de frente al río.

Sin embargo, algo se movía detrás de ella, esta vez no tuvo dudas: la bruma se ponía más espesa y le costaba mucho ver más allá de los árboles más cercanos. Se irguió y caminó con paso muy lento, tratando de no equivocar el camino. Algo se movía por entre la bruma, algo se movía, pensó Juliana, algo turbada.

De repente se dio cuenta de que tenía frío y quiso volver. La bruma era cada vez más espesa, y Juliana tropezó con una rama y cayó de bruces al pasto húmedo. Sin estar segura de que fuese por el dolor, comenzó a llorar estruendosamente. Pero una voz familiar la devolvió al estado de alerta: Juliana vio el rostro límpido de su abuela que le hablaba entre la bruma y rompió en llanto nuevamente.

A los pocos minutos, sus padres estaban allí y no solo la retaron por mojarse la campera, sino también por irse sola tan temprano al bosque sin avisarle a nadie.

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