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Este artículo es una continuación de la serie “La Patagonia en 5 ciudades“. Si querés leer el primer artículo de la serie, lo podés encontrar en el siguiente link.

¿Estaré muy errado si digo que El Chaltén es el pueblo más lindo de Argentina? Alguno podría argumentar que algún pueblito de Córdoba o de Salta puede competirle. Sin dudas, es uno de los más chicos del país y, por lejos, el más ventoso. Los amaneceres furiosos de color naranja en El Chaltén son una experiencia visual alucinante y, tal vez por eso, este pequeño pueblito de algunas casas se quedó con un pedacito de mi corazón. Una parte de mí sigue transitando sus senderos; mi vista sigue hipnotizada por el contorno de las montañas que lo rodean.

Enmarcado por el Parque Nacional Los Glaciares y a orillas del Lago Viedma, este joven pueblito santacruceño que fue fundado en el año 1985 para defender la soberanía argentina en la zona es la capital nacional del trekking. Desde el centro del pueblo se despliegan innumerables senderos que se adentran en las montañas y luego se ramifican para obtener una intricada red de caminos. Glaciares, lagunas, montañas, puntos panorámicos, cóndores, cascadas, arroyos, águilas y pumas. Bienvenidos al paraíso del caminante. Bienvenidos a mi ciudad preferida de la Patagonia.

Lo primero que sorprende al visitante al llegar a El Chaltén es su marco: está completamente rodeado por montañas puntiagudas de picos nevados, con el cerro Fitz Roy (3405 metros de altura) como modelo estelar. Las casitas del pueblo (que no tiene más de 10 cuadras de ancho por 15 cuadras de largo) están construidas respetando el estilo típico de la Patagonia austral: paredes de madera y techos a dos aguas de chapa. Se escucha poco el castellano, pero mucho el francés, el chino, el coreano, el hebreo y el inglés. Los visitantes de todo el mundo bajan en la terminal con los bastones en la mano, la carpa en la espalda y la sonrisa impresa en el rostro.

El primer sendero que recorrí en El Chaltén fue el que conduce al cerro Fitz Roy (o cerro El Chaltén). Primero hay que tomar una combi que acompaña al Río de las Vueltas por alrededor de 20 minutos, pasa por el Chorrillo del Salto (una pequeña cascada que aparece en la mano izquierda) y te deposita en el alojamiento El Pilar. Allí comienza la caminata que, acompañando al Río Blanco, desemboca en el cerro Fitz Roy.

La ventaja de acceder al cerro Fitz Roy por este camino es que, luego de unas dos horas de caminata relativamente sencilla, se llega al mirador del glaciar Piedras Blancas. Este fue el primer glaciar grande que vi en mi vida y todavía lo tengo grabado en la retina. Quedé impactado por las tonalidades azules y blancas de la masa gélida, por las cascadas que se desprendían de él y alimentaban el Río Blanco y, por supuesto, por la vista del Fitz Roy de fondo.

Luego de media hora de caminata con una pendiente un poco más dura, la estepa comienza a poblarse con lengas y ñires. El campamento Poincenot es un buen punto de descanso y de hidratación. El agua congelada que se desprende de los glaciares cercanos drena por el Río Blanco pendiente abajo hasta desembocar en el Río de las Vueltas. Con nuestro nuevo amigo, Alfredo, también mexicano, nos refrescamos y encaramos la última etapa del ascenso.

La última hora de caminata hasta el mirador Laguna de los Tres es la más complicada. Hay muchas rocas sueltas, hay muchos turistas apresurados y la pendiente no es nada sencilla. El sendero es angosto y no hay muchos árboles, de modo que el sol castiga la nuca de los caminantes. Sin embargo, la vista del cerro Fitz Roy desde este mirador es una de las vistas más impresionantes de toda la República Argentina.

Descansamos un largo rato, elongamos, comimos unas manzanas y unas galletitas, y nos costó desprendernos de esa vista para comenzar el descenso. Eran las cuatro de la tarde, el sol ardía en un cielo sin nubes y la temperatura era ideal. Extrañamente, no había viento. Estaba cumpliendo un sueño que se había gestado hacía dos años, y cada vez que levantaba la vista hacia el Fitz Roy, mi cuerpo me lo recordaba: escalofríos me recorrían los brazos como rayos. No podía despegar la vista de los detalles de la roca, de los colores de la laguna, de los colores de los glaciares y de la caprichosa forma de todo lo que me rodeaba.

El descenso hasta el campamento Poincenot fue tan duro como el ascenso, pero la alegría que explotaba en el pecho hizo que las piernas no lo notaran. Luego, el camino se agranda y atraviesa lo que a principios de verano debe ser un río caudaloso. El sendero se angosta entre calafates y hay que caminar por aproximadamente dos horas hasta llegar al mirador Laguna Capri.

Desde allí, solo queda un descenso de una hora y media por un sendero serpenteante hasta volver a El Chaltén. Nos cruzamos con un grupo de laboriosos pájaros carpinteros y, para mi sorpresa, con una cachaña (una especie de loro que habita esta región). A pesar de la emoción, al llegar a El Chaltén luego de 7 horas en la montaña, las rodillas y los isquiotibiales nos aclararon que la caminata había sido larga y dura. Nada que un asadito de cordero patagónico y un vino tinto no puedan curar…

DÍA 2

A la mañana siguiente, nos levantamos con las piernas muy cansadas. Entonces, decidimos realizar una caminata más corta y más sencilla. Para llegar al mirador de los cóndores y de las águilas, hay que seguir la ruta provincial 41 hasta la entrada del Parque Nacional Los Glaciares. Desde la entrada, el camino sube abruptamente y en 40 minutos se llega al mirador de los cóndores. Como los cóndores no aparecían, nos sentamos a esperar mientras disfrutábamos de una impresionante vista del pueblo.

Resignados, comenzamos a caminar hacia el mirador de las águilas, que se encuentra a media hora de distancia. Sin embargo, ellos aparecieron cuando menos los esperábamos: un grupo de tres cóndores nos sobrevoló y se dirigió planeando hacia el cerro Fitz Roy. La escena parecía sacada de un documental argentino de fauna y flora.

Por supuesto, que no aparezca ningún águila no nos molestó. El mirador de las águilas permite apreciar la enormidad del Lago Viedma, que es el segundo lago más grande de Santa Cruz después del Lago Buenos Aires. Descansamos un poco, elongamos y en una hora estábamos de vuelta en El Chaltén, listos para un almuerzo reparador.

Esa misma tarde, siguiendo el consejo del dueño de nuestro hostel, cruzamos el Río de las Vueltas para realizar un trekking que no aparece en ningún mapa: la subida a la gigantesca montaña que rodea a El Chaltén en su cara este.

El sendero está vagamente marcado entre los arbustos de espinas de un campo privado. A los 10 minutos, el camino se torna sumamente empinado y peligroso, casi hasta llegar al plano vertical. Es completamente necesario tomarse de ramas y piedras para no perder el equilibrio. Después de 40 trabajosos minutos, llegamos a la cima y la recompensa fue una vista totalmente diferente del pueblo.

DÍA 3

El tercer día amaneció con un viento que jamás había experimentado en mi vida: el techo del hostel se sacudía con violencia, los árboles apenas se sostenían al piso y tenía que caminar con el tronco inclinado hacia adelante para no caerme de espalda. “Así es el viento patagónico“, me dijeron. “Llega a los 100 kilómetros por hora”, me aclararon. Ese día sopló a 90 kilómetros por hora. Estuvo cerca…

Cuando el viento y la lluvia amainaron su furia, me alisté y comencé el sendero que conduce al cerro Torre y a la Laguna Torre. Sabía que mis piernas no iban a soportar las 7 horas que implica el recorrido completo, entonces me dije que volvería ni bien me sintiera cansado. Trepé la subida inicial, pasé por una cascada y llegué al mirador del cerro Torre luego de una hora de caminata. La vista, nuevamente, me dejó sin palabras.

Retomé el camino bajo una intermitente llovizna que me obligaba a ponerme y a sacarme prendas cada 15 minutos. Luego de otra hora, llegué a un nuevo mirador y las piernas me dijeron basta. Allí me quedé, absorto en mis pensamientos, despidiéndome de las montañas y de los glaciares, disfrutando, durante media hora.

La caminata de vuelta hacia El Chaltén fue nostálgica y la lluvia le agregó una nota gris. Ya no me quedaban más días en este hermoso pueblo santacruceño ni más reservas de energía en el cuerpo. Nos tomamos una cerveza con Ángel en una antigua casona alemana llamada La Cervecería y brindamos en honor a uno de esos lugares que se nos va a quedar siempre en la memoria. Adiós, El Chaltén: espero que nos veamos de nuevo pronto.

Continúa en el capítulo 4.

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