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Este artículo es una continuación de la serie “La Patagonia en 5 ciudades“. Si querés leer el primer artículo de la serie, lo podés encontrar en el siguiente link. En este otro link podés leer el primer artículo sobre El Bolsón.

La mañana amaneció con gritos:

—¡Me robaste la bolsa de dormir! ¡Me cagué de frío toda la noche!

—¡Callate, flaca! ¡Estás despertando a todo el mundo! No se debe haber dado cuenta. ¿No ves que está dormido?

Las acusaciones contra mi persona no eran ciertas y la defensa ejercida por la muchacha que dormía a mi lado en el refugio sí lo era: jamás me enteré que en medio de la noche tomé prestada una bolsa de dormir. Si la dueña de dicha bolsa lee esto, le pido perdón por atrasado.

Nos despertamos a las 7 de la mañana con las piernas y los hombros doloridos, pero era nuestra única mañana en el refugio, así que a las 8 ya estábamos de vuelta en la montaña.

Nuestros objetivos matutinos eran el glaciar y la laguna Hielo Azul. Una hora y media de subida y otra de bajada, rocas sueltas que dificultaban el apoyo y la tracción, escalada de algunos metros, vistas impactantes. El glaciar que se encuentra en la cima de la montaña está desapareciendo a pasos agigantados (pueden verse fotos adentro del refugio de cómo lucía). La subida es exigente, pero la bajada es muy peligrosa, así que este trekking solo es recomendable para gente con experiencia en la materia.

Almorzamos un pancho (lo único que no costaba petro-dólares en la proveeduría), nos despedimos del refugio y a la 1 de la tarde emprendimos el retorno que nos debía tomar entre 3 y 4 horas.

Nos advirtieron que la subida inicial iba a ser dura:

—Tienen una subida muy empinada y resbaladiza de una hora. Parece que no termina nunca, pero la van a superar.

Esa subida fue la más difícil de toda la travesía. Con las mochilas y sus casi 20 kilos en la espalda, surcamos un bosque pantanoso con una pendiente ridícula. Tuvimos que parar varias veces y recién llegamos a un terreno plano luego de dos larguísimas horas.

—Me estoy por desmayar —me confesó Ángel, con la cara sudada y unas ojeras horribles.

Yo tampoco estaba muy bien, pero como él cargaba más peso, pasamos algunas cosas de su mochila a la mía. Mi rodilla no debe haber aprobado la decisión, pero se portó muy bien y no se quejó.

En el final de la subida hay dos caminos: uno que va hacia el refugio Natación y otro que va hacia Wharton, un camping a 40 minutos de El Bolsón. Nos habían comentado que el lago ubicado en frente del refugio era muy lindo, así que tomamos el desvío de 15 minutos y descansamos otra media hora con unos matecitos reparadores.

El cartel del desvío marcaba 3 horas hasta Wharton. Sabíamos que había una bajada muy brusca repleta de piedras sueltas, sin sombra y sin fuentes de agua. Primero atravesamos un bosque plano por aproximadamente 2 horas. Los cuádriceps empezaron a quejarse, de modo que las elongaciones se volvieron más frecuentes. El cambio de peso en las mochilas fue notorio.

Llegamos a la bajada y empezaron los resbalones. Las piedras sueltas y la pendiente comenzaron a socavar nuestros gemelos, nuestros isquiotibiales y nuestras rodillas. De a ratos, la vista era sobrecogedora; sin embargo, lucíamos como zombis, caminando a paso de tortuga, llenos de tierra, muertos de calor y de cansancio. Esa bajada nos tomó 3 interminables horas.

—Ya debemos estar llegando. Falta poco.

Bueno, no faltaba tan poco. Bosque plano por una hora, arroyo necesario y otra subida. Increíblemente, otra subida

—¿En serio? No puede ser. ¿Cómo se supone que hagamos esto en 3 o 4 horas? Ni siquiera el que nos pasó corriendo va a tardar 3 horas.

Luego de caminar 6 horas, Wharton parecía alejarse cada vez más. Nos cruzamos con varios grupos de personas y todos los rostros lucían parecidos: enrojecidos, cansados, desesperanzados.

Durante esa subida, tuve mucho miedo de lastimarme. Las piernas parecían haberse desconectado del cerebro y el isquiotibial izquierdo estaba al borde del calambre. Ángel estaba incluso peor: rengueaba por un dolor en la rodilla derecha y llevaba un paso lentísimo. Nos separamos y cada uno siguió a su ritmo. En silencio, bajo un sol insoportable (aunque eran las 7 de la tarde), continuamos por el sendero con la convicción de que en algún momento tendríamos que llegar.

Después de 7 horas de haber salido del refugio, luego de haber caminado por 10 horas ese día y por 17 horas en los últimos dos días, llegamos a la ruta que nos depositaría de nuevo en El Bolsón. La vuelta a la “civilización” estaba completa. Cuando vi la ruta, no lo pude creer: levanté los brazos, cerré los ojos y me felicité. Así me quedé por 5 minutos, hasta que Ángel apareció rengueando y nos felicitamos mutuamente.

Fueron dos días increíblemente intensos: alegría, asombro, dolor, cansancio, sobrecogimiento. Fueron dos días de naturaleza pura y de diálogo interno. El bosque es mágico y sus susurros ancestrales son curativos. El bosque nos indica el camino y nos muestra lo que está bien. Entré al sendero buscando una experiencia renovadora, pero me traje mucho más que eso: me traje un renacimiento emocional.

APÉNDICE A LA PARTE 2

Cuando creíamos que habíamos llegado al final del periplo, nos esperaba otra sorpresa. Debido a los festejos de carnaval, la comarca estaba totalmente desbordada. El hostel que teníamos en mente estaba completo. Preguntamos en dos más: completos. Preguntamos en la oficina de turismo: todos completos, capacidad hotelera colapsada.

10 de la noche, sudados, enlodados, con hambre, exhaustos.

—Una vez dormí debajo de una escalera.

—Yo en la calle, en la frontera entre Ecuador y Colombia.

—Podríamos alquilar un auto y dormir ahí.

—Podríamos preguntar si nos dejan dormir en la iglesia.

—Vos no sos católico.

—Pero puedo serlo por una noche.

La muchacha de la oficina de turismo nos dio una última esperanza.

—Este hostel tenía lugar hoy a las 5 de la tarde. No los puedo llamar, pero pueden acercarse y probar suerte.

Suplicamos a las estrellas por dos camas, o un sillón, o lo que fuere. Dormir a la intemperie en la Patagonia nunca es una opción. Nuestras súplicas fueron respondidas:

—Me quedan las dos últimas camas.

Finalmente, la aventura había concluido.

Continúa en la parte 3.

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