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Este artículo es una continuación de la serie “La Patagonia en 5 ciudades“. Si querés leer el primer artículo de la serie, lo podés encontrar en el siguiente link.

Cuando me rompí la rodilla, en setiembre de 2016, unos días después de volver de un viaje de 5 meses por el sudeste asiático, entré en un período muy triste de mi vida: no podía practicar deporte y apenas podía caminar muy despacio algunas cuadras.

Después de 6 insoportables meses de rehabilitación, en los cuales fui 3 veces por semana durante 3 horas cada día, pude empezar a trotar y eso constituyó un enorme alivio. Pero ese alivio duró muy poco: la rodilla comenzó a comportarse de manera errática, y los dolores y las molestias alternaban con los momentos más “tranquilos“.

Los últimos 2 meses fueron de evolución constante y de visitas a traumatólogos: “ya podés jugar al básquet”, “no está muy firme”, “la noto muy firme”, “operate”. Pareciera que puedo recibir tantos diagnósticos de rodilla como traumatólogos visite…

—Ya está, ya saqué el pasaje. El 4 vuelo para allá y querría conocer la Patagonia.

—Perfecto. Empezamos en Bariloche.

—Sueño con llegar a Ushuaia.

—Es casi imposible, pero lo vemos…

Entrené, entrené, entrené y cuando Ángel aterrizó desde San Diego, nos tomamos un micro a Bariloche para luego llegar a El Bolsón, donde nos esperaba el trekking más duro del viaje: el ascenso al refugio de montaña Hielo Azul.

Más allá de que tres personas diferentes me lo habían recomendado, no tenía ninguna referencia del sendero. Solo sabía que era largo.

—Tienen 6 o 7 horas de ascenso hasta el refugio, chicos. Las primeras dos horas son de un ascenso muy empinado, pero guarden energías porque es largo. Buen ascenso. Avisen cuando vuelvan.

Con la bendición del director de la oficina de parques nacionales, algunos sándwiches, dos botellas de agua, 17 kilos de ropa inútil en la mochila y muchísimas dudas, empezamos el trekking a las 10:30 de la mañana (con solo 5 horas de descanso en nuestras espaldas).

Después de 45 minutos de caminata plana por la vera del Río Azul, cruzamos un puente colgante que se sacudía como si estuviera bailando bachata y llegamos a la subida. El muchacho de parques nacionales no mentía: tuvimos que detenernos a la media hora porque estábamos completamente sudados y muy agitados. Comimos unos sándwiches en medio de un altísimo bosque de pinos, elongamos y, con el ánimo renovado, retomamos la subida.

Llegar a un terreno plano nos tomó dos horas más. La pendiente era muy pronunciada y estábamos demasiado cargados, entonces un leve resbalón podía traer consecuencias trágicas. Recién cuando llegamos a un claro y pudimos ver hacia atrás tomamos magnitud de nuestra proeza homérica.

Sobrevino una media hora de bajada suave a través de algunos campos hasta que llegamos a una tranquera. Luego, bosques de lengas con subidas abruptas y senderos tranquilos.

Al llegar a este punto, luego de unas 4 horas de caminata, las tiras de la mochila se convirtieron en cuchillos. El peso, el esfuerzo y la pendiente, sumados al calor, empiezan a apretar el pecho y el aire escasea. Por eso, las paradas se hicieron más frecuentes y las elongaciones más largas. Ángel decidió acelerar el paso y nos dividimos, con aproximadamente dos horas de caminata por delante.

Durante esas silenciosas paradas, logré una conexión muy íntima con lo profundo del bosque. El susurro de las hojas al sacudirse, el diálogo de los pájaros, el aire puro que invade todo, los insectos…

En medio de este bosque, un sendero de algunos pocos minutos te lleva al mirador del valle de El Bolsón. Describirlo sería arruinarlo; mejor les dejo esta foto:

Siguiendo las marcas en los árboles (unos círculos de chapa rojos y amarillos), continué hasta llegar al arroyo. Me mojé las manos, la cara, elongué un largo rato y al sendero de nuevo.

La última hora de caminata es relativamente plana. La zona está repleta de árboles caídos y de ramas atravesadas que hay que vadear, ya que saltar a esa altura es imposible. También hay muchísimos caminantes que ante cada encuentro se dan ánimo e intercambian sonrisas cómplices: todos los que estuvimos ahí sabemos que para llegar a este lugar hay que estar un poco locos.

La última hora me costó casi tanto como la subida inicial. Sentía un ardor insoportable en los hombros por el peso de la mochila y las piernas ya no me respondían, entonces tropezaba muy seguido y estaba al borde del knock-out. Empecé a marearme y en varias ocasiones me di vuelta pensando que alguien venía detrás mío, solo para comprobar que estaba completamente solo y que el ruido era en realidad mi respiración agitada. Solo divisé un grupo de pájaros carpinteros negros de copete rojo, animales que hasta ese momento solo había visto por televisión.

 

Como siempre, las llegadas son emocionantes: una montaña repleta de nieve, un arroyo lleno de piedras y el refugio Hielo Azul humeante que me daba la bienvenida. Le había ganado a la subida, a los senderos y a mi rodilla. Me había demostrado a mí mismo que era capaz. Lo vi a Ángel y nos fundimos en un abrazo.

—Lo hicimos, hermano —nos felicitamos.

Después de 7 horas y media habíamos llegado al refugio.

Elongamos, una ducha, un fogón, charlas, vino y a esperar la noche. La caminata bajo un sol radiante era la premonición de una noche despejada. A las 10:20, con las piernas exhaustas pero con mucha ansiedad, nos alejamos unos metros del refugio y miramos hacia el firmamento. Nunca en mi vida había visto tantas estrellas brillar con tanta intensidad.

Fueron dos horas de charlas, bajo un frío gélido, sobre constelaciones, galaxias, satélites y objetivos de vida. Después de ver nuestra segunda estrella fugaz, nos dimos por satisfechos y nos guarecimos en el refugio. Al otro día nos esperaba otra larga jornada de caminata por el bosque, de modo que teníamos que descansar. Sin embargo, jamás olvidaré el día que me vencí a mí mismo en los bosques de El Bolsón.

Continúa en la parte 2.

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