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El ser humano no es un ente inerte e insensible a su contexto. Entonces, ¿por qué no nos ocupamos más de nuestro hogar, de nuestras ciudades?

No es indistinto vivir en una ciudad linda o en una ciudad fea: dos adjetivos sumamente subjetivos, pero palpables. ¿Cómo los objetivamos? Una ciudad abarrotada de basura en la calle y llena de carteles publicitarios difícilmente pueda calificar como una ciudad linda. Muy por el contrario, una ciudad cuyos canteros están adornados con rosas, jazmines y petunias, probablemente pueda calificar como una ciudad bella. Estos factores no son meramente superficiales, sino que moldean a los ciudadanos: su sentido estético se exacerba, se afina, se potencia.

Todos deseamos vivir en ciudades bellas, pero generalmente hacemos muy poco para contribuir a su creación. Y aún peor, los que tienen el poder para transformarlas, los que realmente tienen el poder a su alcance, suelen tener un sentido estético menos desarrollado que el de Benjamin Netanyahu.

Los estatutos urbanísticos suelen presentar una solución medianamente aplicable y concreta a este problema: edificios con límite de pisos, diseños predeterminados con algunas variaciones de color y forma, plazas bien distribuidas, y respeto por el arte y la arquitectura local. Ciudades como Budapest, Cusco, Buenos Aires, Praga, Hoi An o San Francisco son un buen ejemplo. Por el bien de la belleza estética, su proliferación es completamente necesaria.

 

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