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Al entrar a Bangkok por tercera vez, tuve la misma sensación que las veces anteriores: es un monstruo gigantesco indomable que crece y crece y seguirá creciendo. Cuando miramos el mapa desde la comodidad de Google Maps, todo es conmensurable -todo tiene un límite al alcance de la vista-, y eso nos da seguridad.

Entrar en Bangkok en tren es incluso más bello que sobrevolarlo, pero insignificantemente pequeña es esa sensación comparada con la que se consigue recorriendo sus pasillos angostos, sus canales, sus intensos e imborrables olores, sus templos brillantes bajo el sol, sus demoledores brazos superiores, sus balcones y terrazas, sus venas subterráneas, sus pequeños parques y sus descomunales mercados.

Bangkok es un monstruo que te abraza muy fuerte, casi hasta asfixiarte; pero te obliga siempre a volver y por lo bajo te susurra un “hasta luego”.

 

Este artículo fue publicado originalmente en Verum.news.

 

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Las almas no mueren

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