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Lo primero que me llama la atención al llegar a Junín no es caminar sobre colchones de hojas de eucaliptus que el otoño y la lluvia desparramaron, o las campanadas de la iglesia de San Ignacio de Loyola cada media hora, o la cantidad de banderas argentinas instaladas por todos lados: son los perros. Hay muchos de ellos y, como el día es muy frío y ventoso, como la gente anda con gorros de lana y capuchas, ellos se refugian en los zaguanes de los negocios. Duermen, acurrucados generalmente de a dos; descansan y, si los mirás con mucha insistencia, levantan la mirada para saber si necesitás algo. En sus ojos está el espíritu de la ciudad.

Pareciera también estar en la repetitividad de los negocios: cafeterías, muchas, locales de ropa, un montón. Casi exclusivamente cafeterías y locales de ropa. Completan el panorama algunas bombonerías, pero que no te falte un eslabón para una cadena porque lo vas a tener que ir a buscar a Chivilcoy o a Chacabuco.

Un abuelo llega en moto con su nieto a un salón de videojuegos (yo lo llamaría «Sacoa», en referencia al salón más emblemático que conocí en Pinamar, pero este tiene un nombre anglófono irreproducible para la mayoría de la población juninense; al menos para el abuelo y el nieto, para los cuales podría llamarse «Zumba en acción» y daría lo mismo). El niño está tan ansioso que ni se saca el casco antes de entrar al local. El abuelo, a paso más lento, se saca al casco y lo deja sobre la moto. Tampoco la ata con una cadena y, sospecho, tal vez ni siquiera se lleva la llave. Sin dudas, no estoy en La Plata.

También me doy cuenta de eso porque la hora de la siesta es sagrada. Se bajan las cortinas de los negocios, se vacían las calles y hasta las palomas descansan. Y eso que las palomas sobrevuelan la ciudad con enfática violencia, pero entienden que ya no es momento, que ya lo será más tarde de nuevo. Hay muchísimas casas antiguas al típico estilo francés, ese que importamos con orgullo para sentirnos más europeos; sin embargo, aquí, empiezan a llenarse de moho.

La sacralidad de los perros me vuelve a interpelar en otra plaza, cerca de la estación de trenes: aparece uno con media tira de asado en la boca; lo siguen dos perros; nadie corre, los tres van al trote lento; el de la media tira se frena, la suelta; la toma el que venía atrás; ninguno gruñe; comparten la tira; no estamos en La Plata.

La excusa de este paréntesis en mi platensidad es la entrega de un premio literario. De entrada, sospecho que hay mucho de turismo y poco de literario en el premio; pero no reniego porque soy casi más turista que escritor. En la convención, hay, por lo menos, cuatrocientas personas. Nuevamente, el promedio de edad es de 50 años. ¿Por qué es esto un patrón en las reuniones con temática literaria? Y, además, ¿cómo hago para distinguir a los/las escritores/as de sus familias e invitados? ¿Qué define la cara de un escritor? ¿El ceño fruncido y el bigote? ¿Los anteojos y los aritos brillantes en las señoras? ¿O es más bien la actitud de mirar para adentro?

No puedo más que reflexionar sobre la necesidad de autenticación: premios, nombramientos, si pueden ser extranjeros, mejor. La voz trabajada que relata el video que se reproduce ahora nos cuenta que el Instituto Cultural Latinoamericano fue nombrado aquí y allá, que le dieron este y aquel premio, que organizó tantos viajes «literarios». Su directora, que recibe agradecimientos cada cinco minutos, fue nombrada ciudadana ilustre, ganó premios, publicó obras de teatro, e hizo muchas cosas más. Ya está, ya encontré la forma de distinguir a los escritores: se ponen siempre una flor en la cabeza para intentar aromatizar un mundo hediondo.

Durante la entrega de premios y menciones, creo que solo faltó gente de Formosa. Nombraron a personas de Budapest, de Belgrado, de Frankfurt, de Cañada de Gómez, de Quito y de Osorno, de toda la región del Bio-Bio y de El Calafate.

Y por más que la calidad de todo sea mediocre (los textos que me comparten mis colegas de mesa, la comida que me sirven, el vino semi-picado, los mozos, los cubiertos y las servilletas), la alegría y la emoción de los premiados suple la falta de calidad. Una chica mexicana se emociona mucho por recibir el segundo premio en poesía. Agradece a su familia, como muchos de los premiados, pero también al gobierno local que le bancó la excursión hasta la llanura pampeana. Una señora tartamudea de nervios porque nunca ganó un premio y acaba de ganar el primer premio de narrativa. Otro nombre vistoso: Embajador Martini, La Pampa.

Hay claramente algo que va más allá de la «calidad», y es la calidez. ¿Qué importa si no es el mejor? ¿Por qué todos tenemos que ser los mejores siempre? ¿Qué importa si no es el mejor si sentirse bueno le saca una sonrisa? Y no solo eso, esa sonrisa contagia a la de al lado. ¿Qué importa si sobran comas después de los verbos y faltan tildes por todos lados? El tipo vendía seguros y manejaba un taxi. No estudió letras, ni filosofía, ni docencia: corredor de seguros y tachero, y publicó dos libros. ¿Importa si usa gerundios de posterioridad? Claramente no. Se cuela un perro al salón y, por supuesto, nadie lo detiene. Se acurruca en una esquina y se queda tranquilo con cara de juninense.

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Las almas no mueren

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