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Después de pedirle perdón al muchacho que choqué en la puerta al entrar, nos sentamos como pudimos en una mesa donde había un grupo de croatas. El jazz hipnótico que emanaba el cuarteto nos abrazó al instante.

—Una cerveza, por favor.

Miramos a las croatas y ellas nos miraron como miran siempre las croatas: cautivando el alma del observador. Tratando de no quedar demasiado mal, observé detenidamente la línea del vestido de una de ellas que marcaba un cuerpo sinuoso. Al darse cuenta, me miró insinuando algo que no entendí.

—¿Te diste cuenta del pulpo? —me preguntó Javi al oído.

Despegué la vista de la croata y la arrastré hasta la banda, con la cerveza mojándome el bigote.

El pianista creaba un ambiente sombrío, confirmado por algunas notas sueltas del guitarrista, un músico minimalista de pelos revueltos. El batero llevaba el ritmo con maestría, pero el contrabajista era la estrella del escenario: en su rostro se dibujaba la pasión por el instrumento, que acariciaba con suavidad unas veces y con bestialidad otras.

—No lo puedo creer…

Me froté los ojos, incrédulo, y así y todo pude observar como el contrabajista sacudía un pulpito contra las cuerdas. El pulpito, sin embargo, no se dejaba agitar a voluntad y tomaba decisiones que tal vez no eran compartidas por el músico. Conformaban una dupla inigualable: el hombre marcaba las notas en el mástil del instrumento mientras que el pulpito llevaba el ritmo, vertiginoso de a ratos, cansino en otros.

Me lo imaginé tratando de lavarse los dientes, discutiendo con el pulpito porque quería jugar con la pasta. Incluso me imaginé al hombre tratando de acariciar suavemente a alguna croata, mientras que el animal se abalanzaba con sus tentáculos extendidos. Ellos, sin embargo, seguían ahí. El hombre y el pulpito seguían sacudiendo los sentidos de los observadores. Terminé la cerveza y me fui, con ganas de besar una croata y con ganas de comer una paella.

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Las almas no mueren

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