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Hace algunos meses, un amigo muy influyente de la última etapa de mi vida, me envió un video de una entrevista. Los entrevistados, dos estadounidenses ex-empresarios corporativos que transitaban sus cincuentas, respondían preguntas sobre su proyecto conjunto, llamado Zonas azules (Blue Zones). El objetivo de este proyecto es determinar en qué lugares del mundo la gente vive más años sin enfermedades que afectan la calidad de vida (diabetes, obesidad, enfermedades cardíacas, estrés, etc.). Luego de encontrar estas zonas, el segundo objetivo fue determinar los factores en común que tenían estas comunidades (el término comunidades no es azaroso), para establecer hábitos y costumbres que contribuyan a la longevidad sana.

No puedo caminar por Iruya sin dejar de pensar en esos factores. Y, sobre todo, no puedo dejar de comparar los hábitos cotidianos de los iruyenses con los de los platenses, la ciudad que me da cobijo.

En Iruya, absolutamente nadie va al gimnasio. Incluso creo que les debe causar gracia ver a alguien levantando pesas o haciendo flexiones de brazos. El gimnasio está incorporado en su vida cotidiana: no existe una sola calle plana en todo el pueblo, las personas se mueven a pie (solo algunos en moto y solo por algunas calles, porque la mayoría son exclusivamente peatonales), la altura les ensancha los pulmones, cargan paquetes enormes, y si juegan al fútbol (que lo hacen realmente mal, hay que decirlo), no es por deporte, sino por diversión. De esta manera, sus cuerpos no reciben dosis aisladas y concentradas de ejercicio, sino que viven ejercitándose.

En el pueblo, el ritmo es lento, a causa de su geografía y la altura. Tampoco pueden usar el celular en la calle porque, simplemente, no hay señal de internet. Esto propicia la interacción social casi constante: todos se saludan, intercambian pareceres, dialogan, se miran a los ojos. También se juntan en las iglesias y en los bailes y en las plazas, y celebran: la Pachamama les regala agua, cultivos, salud.

Se le da, en el estudio de las zonas azules, una preponderancia muy marcada al aspecto social de la vida en comunidad, y a cómo nuestro desarrollo social afecta de manera positiva nuestra salud física. No puedo dejar de compararlo con La Plata: zombis solitarios con auriculares que solo tienen ojos para las pantallas cruzan miradas vacías con sus semejantes, mientras viajan hacia el trabajo y vuelven y se encierran a ver Netflix en un monoambiente para recomenzar al otro día y al día siguiente y al día siguiente.

Los frutos de la Pachamama, en Iruya, no se nutren de agrotóxicos, como sí lo hacen en La Plata. Sin embargo, y aquí los iruyenses son víctimas de su contexto y, posiblemente, de su tradición, su dieta incluye demasiada carne y no es tan variada como las dietas ideales que se mencionan en el estudio de las zonas azules. Los platenses, además de los agrotóxicos y el exceso de carne, pecamos de haraganes, so pretexto de trabajar demasiado, y consumimos cantidades absolutamente innecesarias de comida procesada.

Hay un aspecto, sin embargo, que no se menciona en el estudio de las zonas azules pero que a mí me parece, y me permito pecar de esteta, sumamente relevante. Este aspecto es la belleza paisajística o arquitectónica de los espacios que habitamos, de nuestras ciudades. Iruya es, sin dudas, y en gran parte gracias a sus cerros, un cuadro hiperrealista, una explosión de colores, una complejidad infinita de texturas, una composición equilibrada de cantos de aves t graznidos de burros y sonatas de gallos y repiques de arroyos y truenos. La Plata, por suerte, también tiene lo suyo, aunque en otra gama de belleza: pasajes de árboles abovedados sobre las calles, parques con aromas estimulantes, teatros colosales, música en cada esquina, murales, atardeceres furiosos.

Entender los factores que influyen nuestra longevidad sana, de acuerdo con el estudio de las zonas azules, no quiere decir que todos tengamos que mudarnos a la montaña, dejar las carnes y comenzar a rezarle a Alá. Por suerte, algunos de nosotros vivimos en un mundo libre en el cual, si lo deseásemos, podríamos darnos un banquete de drogas encerrados en un decimoséptimo piso de una ciudad hipercontaminada. Sin embargo, entender estos factores nos brinda herramientas para poder tomar decisiones conscientes y, a su vez, entender por qué hasta los perros son felices en Iruya.

En el siguiente enlace podés realizar una prueba y determinar, si te animás, hasta qué edad posiblemente vas a vivir de manera sana. Lo bueno es que también podrás obtener consejos para prolongar esa longevidad. ¡Buena suerte!

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