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El martes 21 de agosto, la Plaza San Martín amaneció, nuevamente, entre balas de goma y bombas incendiarias. El general observaba resignado desde su caballo y los manteros levantaban sus mercancías para no quedar en medio del fuego cruzado. Intentando abstraernos —déjeme repetirlo, querido lector, intentando—, nos reunimos con Gabo a las cinco de la tarde en la estación de trenes de la ciudad.

—Qué asco que me da la poli, loco.

—Espero que allá no se arme también.

La excusa de la expedición era el X Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro Cultural de la Cooperación. La excusa —déjeme repetirlo, querido lector— nos subió al tren de la línea Roca y luego al subte línea C. Era la primera vez que compartíamos con Gabo una charla profunda a solas: a pesar de su evidente verborragia, el muchacho es un tipo sumamente culto y perceptivo. Empezamos por la literatura, por supuesto, nuestra excusa, pero desde ahí nos fuimos hasta el básquet, las relaciones sociales, el amor y las sierras de Córdoba. Pocas veces tardé tan poco en llegar a Buenos Aires.

El loquero de cemento nos recibió con más disturbios, con más balas de goma, con corridas y con sirenas. Nosotros, sin embargo, intentamos —intentamos, querido lector— focalizarnos en la excusa: la poesía, las novelas, el ensayo, los cuentos.

—Es para el otro lado me parece.

—Siempre salgo completamente mareado del subte.

—Corrientes 1543.

—Definitivamente es para el otro lado.

Llegamos al Teatro de la Cooperación con media hora de retraso, gracias a mi habitual e irritante demora. Buenos Aires siempre me genera incertidumbre: pasillos oscuros, portales decorados y escaleras caracol constituyen el acceso a infinitos mundos privados. Uno podría pasar días explorando algunos edificios. Pero no teníamos días, querido lector, solo algunas horas y llegábamos tarde; por eso las muestras para después, por eso los pañuelos verdes en exposición para después, por eso el cuadro de la entrada para después.

—Segundo subsuelo.

Uno podría pasarse años explorando algunos edificios de Buenos Aires…

La Sala Solidaridad (vaya nombre, querido lector, ¡vaya nombre!) emanaba una música suave por detrás del velo aterciopelado de la entrada. Nos resaltaron con fibrón amarillo en la lista, nos entregaron el programa, y nos escabullimos en la sala con el silencio y el sigilo de los que llegan tarde. Buen comienzo: poemas de José Martí al son de la rumba y una serenata de Joan Manuel Serrat dedicada a “la paz y el amor que tanta falta le hacen a este mundo”. La política —déjeme repetirlo, querido lector— se seguía colando por todas las hendijas del día.

Cuando el bombo legüero y la guitarra dejaron de vibrar, nos dieron la bienvenida al festival y nos presentaron el programa semanal y a los poetas que participarían de la jornada. En total, y luego de las debidas presentaciones, nueve poetas nos leyeron sus versos: un venezolano, un miembro de la comunidad mapuche que intenta rescatar la “oralitura” (la literatura oral que lucha contra la hegemonía del canon occidental), una uruguaya, un chileno, una cubana de gesto sincero y sereno que confía en el poder de los poemas ofó (poemas de sanación), un boliviano (lamentablemente blanco y de Santa Cruz de la Sierra), un costarricense voceador, un hondureño que suscitó apresurados aplausos y una ecuatoriana.

Entre lectura y lectura, la sala se sacudía al compás del traqueteo del subte línea C; afuera, las balas de goma y las bombas incendiarias. A pesar de nuestro intento, querido lector, la política se terminó colando por absolutamente todas las hendijas y nos inundó el comedor, luego el living, luego la pieza y hasta el baño y la cocina. La fugazzeta de parados en Guerrín tampoco fue refugio, y volvimos a La Plata pisando baldozas rotas y casquillos vacíos. Nuestras aspiraciones literarias, finalmente, se ahogaron en un mar de política y violencia. No se puede escapar de la realidad, querido lector, ni siquiera a través de la literatura.

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