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A tres meses de las elecciones presidenciales de 2039, la situación social en Argentina no podía ser peor. Luego de años de gobiernos corruptos e ineficientes, el país se había endeudado con sus camaradas sudamericanos y no tenía manera de pagar la deuda. La inflación crecía a pasos agigantados y la industria se caía a pedazos. Los desempleados se agolpaban todas las mañanas en las puertas de las fábricas, pero las máquinas, adentro, no se movían. Largas décadas de gobernantes individualistas, que condujeron de manera directa a la confrontación, generaron un estado de agitación social alarmante. Las calles eran un territorio salvaje: los asesinatos impunes se acumulaban y los pedidos de justicia se repetían, pero ella parecía no estar prestando demasiada atención.

Los que aprovecharon la ausencia del estado fueron los políticos oportunistas, que organizaron revueltas populares y bañaron de sangre las casas de gobierno de las localidades pequeñas del interior de Buenos Aires. El resto de las provincias les siguieron y, en cuestión de días, el número de víctimas fatales había trepado a 160. Gendarmería reforzó el control en las grandes ciudades, pero la guerra civil no tardó en llegar y, a un mes de aquella primera matanza, Argentina se encontraba inmersa en una ola de violencia nunca antes vista, en la cual todos querían conservar lo poco que tenían y adueñarse de lo poco que pudieran. El presidente presentó su renuncia, pero, a 90 días de las elecciones, nadie podía asegurar que los comicios fueran a tener lugar. El ejército decidió nombrar al General de la Armada como presidente transitorio hasta las elecciones, quien declaró el toque de queda y sacó a los soldados a las calles. A los tiros, trataron en vano de restablecer el orden. El nuevo presidente decidió adelantar las elecciones dos meses y señaló como nueva fecha el 27 de marzo.

Sin embargo, a los cinco días de la asunción del nuevo presidente provisional, sucedió algo que llamó poderosamente la atención de los medios de comunicación y los pobladores del país. Un hombre misterioso vestido de verde interfirió la señal de la cadena nacional y leyó el siguiente mensaje: “Les ruego, compatriotas, que depongamos las armas y demos lugar a la razón. Argentina es un país hermoso pero, gracias a nuestro accionar, se ha convertido en un país apenas tolerable, repleto de violencia, individualismo, avaricia y confrontación. No permitiré que esto siga sucediendo. No mientras yo esté aquí. Les advierto a todos aquellos que estén involucrados en la violencia callejera de la guerra civil que voy a tomar cartas en el asunto. Les recomiendo, desde lo más profundo de mi corazón, la paz y la humildad. De no ser así, me veré obligado a actuar: con métodos pacíficos, siempre, pero no menos efectivos.”

El mensaje del extraño individuo de verde, con la letra A dorada en el pecho, fue tomado con mucho humor por la sociedad. Sin embargo, su imagen se viralizó y la gente comenzó a preguntarse quién era este ignoto muchacho que aparecía en cadena nacional, en tiempos sumamente complicados, hablando de paz y reconciliación. Los medios fueron a buscar respuestas a la Casa Rosada, donde los esperaba la Gendarmería. Pero no hubo respuestas, si no algunas balas al aire que obligaron a los periodistas a salir corriendo por Calle Colón.

De repente, cuando todos menos lo esperaban, aparecieron comandantes de alto rango de los grupos armados hablando por televisión, testimoniando a favor de la paz. Relataban su encuentro con el misterioso hombre verde y cómo los había influenciado. En todos los casos, el patrón se repetía: todos habían sido sorprendidos por el hombre verde en la tranquilidad de sus hogares, luego habían sido absorbidos de alguna manera y apresados en una montaña. Tras algunos días de cautiverio y prolongadas charlas, habían llegado a la conclusión de que debían deponer su actitud y construir para el bien general de la población. Por eso, ahora deseaban compartir su relato y su mensaje con el resto de la sociedad.

La población se encontraba atónita y el extraño hombre verde comenzó a tomar aún más notoriedad. Todos se preguntaban quién era y, sobre todo, cómo actuaba. Parecía incomprensible que alguien pudiera ingresar a un hogar sin ser notado, llevarse a una persona a alguna cueva perdida en la montaña, para luego devolverla al mismo lugar.

El misterio fue develado por un grupo de personas que se hacían llamar los Abdicios y residían en las sierras de Córdoba (más precisamente, en los alrededores de Capilla del Monte y San Marcos Sierra). El vocero de este grupo narró al diario La Voz del Interior la historia de quien ellos consideraban un enviado celestial, un profeta en la Tierra. El misterioso hombre verde era un niño huérfano que, a los 17 años, había tenido un contacto alienígena y había estado desaparecido por  tres años. En ese lapso de tiempo, había recibido entrenamiento especial en el arte de volar, en las artes marciales abdicias y había recibido un obsequio, más que preciado, por parte de sus captores alienígenas: un anillo que tenía el poder de la abducción. Con este anillo, abducía a las personas de sus hogares y las teletransportaba hasta el lugar de cautiverio, que permanecía desconocido incluso para los Abdicios, que se juntaban a venerar a su enviado en las faldas del cerro Uritorco. Su nombre era el Abducidor, y era una persona extremadamente pacífica y humilde.

La noticia generó un enorme revuelo nacional y el número de seguidores del Abducidor comenzó a crecer de manera abrupta. Se multiplicaban por las calles las remeras verdes con la letra “A” dorada en el pecho, y un pequeño halo de esperanza asomó sobre el atardecer enrojecido por la sangre derramada. Los testimonios de banqueros arrepentidos y comandantes avergonzados resonaban de norte a sur del país. Algunos videos caseros pudieron incluso captar al Abducidor, algo que no tardó en dar la vuelta al mundo: las cámaras que se habían instalado en la casa del ex presidente vieron como una luz verde bajaba del cielo, ingresaba por una ventana de la casa, destellaba con mayor fuerza en el interior de la habitación, y luego se retiraba de la misma manera en la cual había ingresado. El país entero se encontraba movilizado por esta presencia inesperada, aunque altamente bienvenida. En las faldas del Uritorco, el número de Abdicios era cada vez mayor, y las ofrendas para el Abducidor se amontonaban.

Pero el país se vio sacudido nuevamente. Esta vez, la noticia provenía desde el exterior: los ejércitos de Paraguay y Chile iniciaban un ataque contra el territorio argentino para recuperar las tierras que ellos consideraban les pertenecían. En el noreste, el ejército paraguayo, alentado por su prosperidad económica y su sed de revancha, tras la Guerra de la Triple Alianza, avanzaba sin encontrar mucha resistencia por las provincias de Misiones, Corrientes y Formosa. En la Patagonia, el ejército chileno realizaba el cruce que alguna vez realizó San Martín pero en dirección opuesta, para tomar control de las ciudades argentinas cercanas a la cordillera. El país no solo se encontraba sumido en una ola de violencia interna, si no que ahora tenía que lidiar con la invasión extranjera, y sus defensas se encontraban debilitadas como nunca antes. A 15 días de las elecciones, todo era caos.

La gente temía y se preguntaba qué sería de su destino. El único que tenía la respuesta para esa pregunta era el Abducidor. En 3 días, abdujo a toda la cúpula militar chilena y paraguaya, y las tropas, carentes de referentes y de quién les condujera por territorio enemigo, se vieron sumidas en la desorganización y la incertidumbre. Los pobladores locales, entonces, cambiaron la dirección de su odio, y la dirigieron hacia los invasores. Los gobernantes de ambos países no tuvieron más remedio que declarar un alto al fuego para retirar sus tropas del territorio argentino y, al día siguiente, emitieron un comunicado que propugnaba las relaciones amistosas entre los países y la cooperación mutua para la reconstrucción de la paz social en todo el territorio latinoamericano. Este hecho tuvo fuertes repercusiones en los ciudadanos argentinos y una buena parte de la población depuso las armas, en busca de un camino pacífico para la unidad nacional.

El presidente temporal de la república, el General de la Armada, tomó nota de lo sucedido y decidió que ya eran demasiadas las atribuciones que se estaba tomando el Abducidor, y que aún más preocupante era la cantidad de Abdicios que se multiplicaban como hormigas. Con todos ellos en las elecciones, no había manera de ganarlas. Las remeras verdes le hacían doler la vista, le recordaban ideales que detestaba, de manera que buscó la forma de eliminarlos. En un vuelo relámpago, la cúpula directiva del país se dirigió a Estados Unidos con tres de sus mejores soldados. Los entrenaron por 4 días y les inyectaron novedosas anfetaminas que multiplicaron su capacidad muscular. Solo uno sobrevivió a los intensos y peligrosos entrenamientos. Diseñaron un traje a su medida, lo blindaron contra todos los rayos conocidos por el hombre, le instalaron propulsores para volar y armas para matar. Lo nombraron el Gran Protector. A cinco días de las elecciones, se lo pudo ver en cadena nacional. Exigió la entrega del Abducidor y el desmembramiento de los grupos de Abdicios que, a esa altura, inundaban el país. Declaró que, si en cuatro días, el Abducidor no se entregaba, destruiría por completo el cerro Uritorco, sin importar la presencia de Abdicios ni la sacralidad del lugar. Ofreció una recompensa de diez mil dólares para todos aquellos que llevaran una remera abdicia manchada de sangre a los cuarteles del Ejército. Por la cabeza del Abducidor subió la apuesta: ofreció un millón de dólares.

La persecución de los Abdicios fue impiadosa. Y así y todo, ellos no respondieron a la violencia. Trataron de escapar y refugiarse en las montañas, pero el hambre y la sed hicieron añicos a grupos enteros. La tensión social durante esos tres días fue extrema; el miedo y la desolación tomaron el control, y ni siquiera en las ciudades más grandes del país podían verse más que soldados armados. Escondidos en las laderas de las montañas y en los campos rebosantes de soja, los Abdicios temían por sus vidas, y por la de su profeta y maestro.

La mañana del 26 de marzo amaneció despejada y con un inusual calor. Un grupo de unos mil Abdicios se agolpaba en la cima del cerro Uritorco, implorando de manera desesperada la aparición de su héroe. Sin embargo, el que hizo su entrada triunfal no fue el Abducidor, si no el Gran Protector. Eyectado por la fuerza de sus propulsores, surcaba el cielo cordobés a velocidad supersónica. Mientras sobrevolaba Capilla del Monte disparó algunos de sus misiles contra la centenaria parroquia de San Antonio de Padua, la cual quedó en ruinas. Se aprestaba ya a disparar contra el imponente cerro, cuando divisó algo extraño en el horizonte, algo que llamó poderosamente su atención.

Un destello verde se acercaba a toda velocidad contra su humanidad. Disparó en repetidas ocasiones contra aquella irritante luz, pero el Abducidor logró esquivar todos los disparos con una destreza notable. La luz no se detuvo ante su embate. El choque entre los dos fue estruendoso y  ambos salieron del encuentro disparados en direcciones opuestas, y terminaron tirados sobre el lecho pedregoso del cerro. Cuando lograron reincorporarse, se eyectaron hacia el cielo y batallaron durante algunos minutos provocando el estupor y la algarabía de todos los Abdicios, que observaban incrédulos desde la montaña. Con lágrimas en los ojos vieron como su héroe era abatido por el poder y la velocidad sobrenaturales del Gran Protector, que lo traía en brazos desde las alturas, desde donde lo arrojó con una fuerza descomunal. Su caída levantó una enorme polvareda en el cerro. Ya no quedaban esperanzas; vencido el Abducidor, no habría quién pudiera detener la ira del Gran Protector. Desde la cima de la montaña, escucharon las carcajadas que provenían de la altura. El Gran Protector se acercó a los Abdicios, apunto sus cañones y se quitó el visor que le tapaba la cara para poder apreciar su blanco y las caras de los que iba a convertir en polvo. Calibró sus armas. Los Abdicios lloraban a gritos pidiendo piedad. Pero, desde la polvareda, emergió una luz verde esmeralda que fue a parar exactamente a los ojos del Gran Protector, y lo abdujo ante la mirada incrédula de todos los Abdicios. El llanto de tristeza se convirtió en llanto de felicidad, y los Abdicios fueron salvados. Antes de que pudieran acercarse al Abducidor, este se elevó en el aire y desapareció tal como había llegado.

Al día siguiente, se desarrollaron las elecciones en Argentina, y el partido Abdicio obtuvo el 59% de los votos. A los dos meses, asumieron el poder y establecieron cambios severos en la forma de gobierno. Declararon la total transparencia de las cuentas públicas, restablecieron las negociaciones cordiales con los países vecinos, desarmaron a la sociedad, incluyeron a los partidos políticos que no habían ganado las elecciones en comités de proyectos nacionales, subdividieron los grandes latifundios y establecieron el socialismo progresivo, un programa que brindaba educación, salud y alimento a toda la población. Sin embargo, nunca se volvieron a escuchar noticias acerca del Abducidor y su localización continuó siendo un misterio. Eso no quiere decir que no vuelva a aparecer cuando el país lo necesite. El país completo, sin embargo, espera que no sea necesario y que la lección haya sido aprendida.

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Quisiera agradecer muy especialmente a El Hombre Grenno por las ilustraciones que realizó para este cuento.

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