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Llegar a la puerta de un lugar y que te digan que las entradas están agotadas implica que alguien está por hacer las cosas muy bien. Claro que, en este caso, lo que me sorprendió fue que creí que el artista era un descubrimiento personal, que era uno de los pocos argentinos que seguían su carrera. Error garrafal… ¿Error número dos? En San Telmo, tanto de día como de noche, son más los extranjeros que los porteños los que se agolpan en la puerta de los bares de moda. Todos sabíamos lo que iba a pasar, por eso tanta algarabía.

El espacio Xirgu Untref está ubicado en el Casal de Catalunya, en un edificio construido a finales del S. XIX de estilo modernista catalán. Un pasillo angosto desemboca en el hall central; sobre la derecha, la barra y salones cerrados; al fondo, escalera de mármol, un vitraux con imágenes medievales y un restaurante; detrás de mí, un retrato gigantesco de la actriz catalana emigrada Margarita Xirgu. En el hall central, la impronta catalana está plasmada en cada rincón, y se exhiben banderas e imágenes que exigen la liberación de los presos políticos que pertenecen a partidos separatistas. La lucha por la autodeterminación de los pueblos está más vigente que nunca.

Una puerta sobre la izquierda emana luces y sonidos. Al atravesar el portal, me encuentro en un espacio autónomo dentro del espacio más general; un teatro adentro de una casa. Casi como una metáfora independentista, el teatro (Catalunya) tiene reglas completamente diferentes a las del espacio (España): música bien fuerte, luces y mucho baile.

Y si Quantic está al mando de la generalitat, por supuesto, nada puede salir mal: cumbia, salsa, merengue, funk, jazz, reggae, pop, samba, soul, house y la lista podría seguir. Sin embargo, ese eclecticismo no se da de manera aislada, sino que Will Holland crea un sonido nuevo tomando características distintivas de estos ritmos.

Es que la música en el S. XXI se encamina claramente en esa dirección: las líneas entre los géneros se difuminan así como las líneas que dividen los países pierden su carácter determinante. Siempre desde lejos todo parece muy ordenado, pero acercamos la lupa y ¡pum!: todo está revuelto.

En la pequeña Catalunya de esa noche, sin importar el ritmo, la compañía, la hora o el grado de alcohol en sangre, todos bailamos siguiendo el ritmo que salía por los parlantes para incrustarse en nuestras venas. Cada uno interpretó el ritmo a su manera; cada uno lo exteriorizó en forma de baile a su manera. En una noche signada por la heterogeneidad, me fui convencido de que el S XXI nos deparará hermosas novedades.

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Las almas no mueren

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