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Aunque promulgo la idea de no repetir destinos, de no volver a los mismos lugares que ya visité, a veces caigo en la tentación de romper con ese mandato autoimpuesto. No son muchas las ocasiones en las cuales lo hago. Por eso, y por cientos de motivos más, este viaje era muy especial.

Llegar a destino fue, como siempre, encontrar el hostel, dejar la mochila, cambiarme la ropa, comer algo y descansar al menos un rato. Pero, esta vez, fue, sobre todo, los olores de la primavera: ¡qué hermoso olor a jazmín! Pero, ¿dónde están los jazmines? ¿Escondidos? Tal vez. ¿Transfigurados? En un pueblo donde las apariciones extraterrestres no son infrecuentes, no sería desubicado considerarlo…

Sin encontrar los jazmines, pero persiguiendo su olor, rumbeamos con Sofi hacia nuestro primer arroyito de Capilla del Monte. La sequedad del terreno, los cactus y el polvo que dibujaba remolinos en el aire nos obligaron a comprar agua y unas bananas.

—No creo que puedan llegar a Huertas Malas. Son todos campos privados ahora. En realidad, desde el 1800 son campos privados, pero ahora los dueños ya no dejan pasar a nadie.

—Pero, ¿cómo pueden comprar las sierras?

—Lamentablemente, siempre fue así…

Qué bueno que es viajar con alguien que haga preguntas que yo no hago. Porque yo hago decenas de preguntas, sin dudas, pero diferentes.

Qué reconfortante que es, también, notar la sorpresa y la alegría en la cara de una persona que querés… El paraje El Paraíso, con sus gansos y sus gorriones, con su manso fluir, con sus piedras de colores y sus cactus amenazadores, nos obsequió nuestra primera muestra de cordobesidad, esa misma cordobesidad que luego tomaría formas muy distintas.

Algo que sí me gusta repetir cuando viajo por Córdoba es hacer dedo: siempre alguien te levanta, siempre alguien te regala una historia y algún consejo. Esta vez, ellos eran de Remedios de Escalada y estaban disfrutando de su octava visita al Valle de Punilla.

—Cuando vinimos por primera vez, La Pipi era chiquita —nos dijeron, mientras La Pipi sonreía desde la falda de Alicia, con las canas al viento y la lengua afuera de la excitación.

Nos devolvieron a la plaza central y nos ahorraron una caminata de cuarenta minutos bajo el sol.

—Qué lindo que sería poder salir de trabajar y venir a caminar por las sierras, en vez de tener que esquivar autos para poder salir a correr en La Plata.

—Sin embargo, acá no podríamos ver a los DJs de Mundo Perro…

La eterna dicotomía naturaleza-atractivos culturales jugó un nuevo round en la Reserva Natural de Capilla del Monte. A través de senderos pedregosos adornados por chañares (¡Son ellas! ¡Estas son las flores del olor a jazmín!), intentamos sumar argumentos y posibles destinos al debate que, posiblemente, nos invade a todos en algún momento: vivir en un lugar que nos permita apreciar la naturaleza pero disfrutar, a su vez, de las bondades de internet y del mundo “culturizado”. El atardecer nos sorprendió hurgando las calles menos transitadas del pueblo, con las piernas cansadas, con los ojos llenos de sierra y de tonalidades naranja y marrón. La noche no nos sorprendió: la esperamos sentados en un barcito, con una cerveza bien fría y un brindis bien ganado.

Pero el plato fuerte era el Uritorco. Entonces, al otro día no tan temprano, hicimos dedo hasta la base (también eran de la provincia de Buenos Aires, pero viajaban sin la compañía de una perra) para comenzar el ascenso al cerro más famoso de Capilla del Monte —y, posiblemente, de todo Córdoba—. ¿Por qué es famoso el Uritorco? Por sus apariciones extraterrestres, por supuesto.  Las prácticas esotéricas ya se promocionan en el camino hacia el cerro: centros de meditación, limpieza espiritual, alineación de chacras.

Pero este lugar no solo se alimenta de su fama alienígena. A medida que ascendíamos por los estrechos senderos, el cerro comenzaba a regalarnos vistas cada vez más impactantes del pueblo, del dique Los Alazanes y de todo el valle. Las características flores amarillas del chañar adornan el camino, mientras los jotes vigilan desde el cielo, planeando con elegancia y sencillez. La cordobesidad decía presente de nuevo en “el medio de la nada”, mientras nos demostraba que, aquí, “el medio de la nada” es el centro de todo.

Incluso en el medio de la montaña, la burocracia intentó inmiscuirse por los vericuetos del cerro:

—Tenían que pasar por este descanso antes de las dos.

—¡A las dos menos veinte estábamos ahí!

—Pero pasaron cinco minutos tarde.

—¿Pero qué diferencia hay en cinco minutos? ¡Estábamos acá hace veinte minutos!

—Tienen que bajar. No pueden seguir subiendo.

Nuevamente, agradezco haber subido con Sofi, porque, si de mí dependiera, la discusión hubiera terminado a las puteadas. No hubiera sido una buena idea, porque el encargado del refugio medía el doble de lo que mido yo…

—Bueno, si traen ese ritmo, los voy a dejar subir. Pero se tienen que apurar. No se pueden colgar en la cima. Son los últimos en subir. Sigan con este paso.

Mantener los modales y lidiar con un sujeto un tanto más abierto que los demás burócratas estatales nos despejó el camino hacia la cima, un trayecto empinado y rocoso de más de 2 km: respiramos un poco, liberamos la energía negativa y aceleramos nuevamente.

De esos momentos únicos se compone la vida recordable de las personas: llegar a la cima, sonreír, admirar la inmensidad de las sierras cordobesas, mirarnos a los ojos, sentir el viento en el pelo, en los labios, en los dedos. Besarnos hasta que el mundo que nos rodea desaparezca, decirnos que nos queremos: de esos momentos únicos se compone la vida recordable de las personas.

No diremos que vimos luces fluorescentes ni platos voladores. Tampoco diremos que nos abdujeron y nos entrenaron, y que ahora podemos teletransportarnos. Sin embargo, tampoco podemos decir que no hay magia y conexiones especiales en el Uritorco: el silbido del viento sacude los pajonales secos y amarillos, y ahí hay un mensaje para quien lo quiera escuchar; las vetas de granito que parecen estar dibujadas con láser muestran un mensaje para quien lo quiera leer; los gorriones se acercan a comer de la mano e intentan hipnotizar a sus “alimentadores”, y ahí hay un mensaje para quien lo quiera ver. La cordobesidad está presente para aquel que la quiera apreciar.

La cima nunca está completa sin la bajada, que siempre es dura y exigente con las rodillas. Las de Sofi se quejaron bastante más que las mías, pero, a paso lento, completamos el descenso sin mayores altercados. Nuestra cautela al bajar nos regaló una curiosidad: tardamos el mismo tiempo en subir que en bajar del cerro. Para completar la simetría, volvimos a dedo hasta el centro del pueblo.

Ahora, ¿cómo surgió Capilla del Monte como destino turístico nacional e internacional? Todo comenzó la noche del 9 de enero de 1986. Esa noche, en las cercanías de Capilla del Monte (más específicamente, en el cerro El Pajarillo), Esperanza Gómez, de 80 años, y su nieto Gabriel, de 11, estaban jugando a las cartas en su humilde rancho. Cuando estaban por dormirse, “un fuerte resplandor comenzó a filtrarse por las ventanas iluminando el interior”. Gabriel afirmó al diario La Voz del Interior del 3 de febrero de 1986: “Lo primero que pensé fue en la luz mala, porque venía de la sierra y no podía ver bien qué era. Se veía cada vez más grande y se movía. Cuando apagó la luz roja, la pude ver bien. Era una cosa redonda con ventanitas”. Al siguiente día, montaron a caballo hasta el lugar y encontraron un círculo perfecto de 122 metros de largo por 64 de ancho.

Estos rumores llegaron a los oídos de Jorge Suárez, el secretario de gobierno de Capilla del Monte. Junto con un grupo de investigadores provenientes de Buenos Aires, analizaron la huella hallada en el cerro El Pajarillo y hablaron con los testigos del caso. Sin embargo, no pudieron explicar el por qué de esa aparición: todas las pistas apuntaban hacia un fenómeno extraterrestre.

Un año y medio después, el 5 de agosto de 1987, un incendio arrasó con los montes de miles de hectáreas de la zona de El Pajarillo. Increíblemente, el fuego no ingresó a la huella. Nuevamente acudieron los científicos y el resultado fue el mismo: no encontraron una explicación convincente para el hecho. Todas las miradas se posaron nuevamente en el cielo. La cordobesidad tomaba una forma nunca antes vista.

Cuando estas noticias alcanzaron conocimiento público, la popularidad de Capilla del Monte estalló: duplicó su población en algunos años y el cerro Uritorco pasó de recibir 400 visitantes anuales a 100.000 visitantes anuales. Los habitantes del pueblo comenzaron a fotografiar “luces extrañas” que aparecían sobrevolando los cerros y el mito se hizo cada vez más grande.

El 21 de julio de 2011, cuando la TV pública estaba entrevistando a Jorge Suárez, el creador del Centro de Informes OVNI de Capilla del Monte, en las faldas del cerro Uritorco, se pudo observar en la transmisión en vivo que un objeto (tal vez volador, tal vez no identificado) se cruzó por el medio de la pantalla. Estas son las imágenes tomadas ese día. Cada uno puede sacar sus propias conclusiones…

Para aprender un poco más acerca de este fenómeno, decidimos ir a las fuentes. Nos reunimos con Luz Mary, la persona que, junto con Jorge Suárez, creó el Centro de Informes OVNI de Capilla del Monte. La colombiana que vive hace más de 25 años en este pueblo cordobés, nos recibió con una sonrisa y nos contó su historia. Respondió todas nuestras preguntas —y eso es mucho decir, porque somos dos preguntones— y nos mostró un video de 40 minutos que describe la información recabada en Capilla del Monte y en otras partes del mundo. El Centro está plagado de fotos, recortes de diarios, ilustraciones y estatuillas.

Luz Mary nos explicó que ellos no creen en la imagen “hollywoodense” de los OVNIs: no son seres verdes que viajan en platos voladores y quieren destruir nuestro planeta. Ella nos aclaró que su concepción de Objeto Volador No Identificado es mucho más amplia, que incluye muchos fenómenos que no podemos explicar, muchas apariciones, muchas luces, muchos contactos, muchas irradiaciones de energía. Nos habló de los círculos de las cosechas, esas figuras simétricas y perfectas que aparecen de un día para el otro en las plantaciones; nos habló de avistamientos en todo el mundo; nos habló y nos mostró imágenes de representaciones extrañas en las culturas ancestrales.

Nos habló también de probabilidades: si sabemos que el Universo es un lugar tan vasto, tan increíblemente vasto y diverso, ¿por qué creemos que somos los únicos seres inteligentes que lo habitamos? ¿Por qué somos tan arrogantes? ¿Por qué nos negamos a ver la evidencia que se nos presenta? “Solo ven los que quieren ver”, nos dijo, “los escépticos jamás verán y buscarán explicaciones intricadas para algo que simplemente no las tiene. Al menos no en las leyes de nuestro planeta”. Para cerrar, nos dejó una frase que ya había escuchado salir de otras bocas en el pasado: “no estamos solos, chicos. No estamos solos“.

Entrevista realizada a Luz Mary por la radio Rosario Plus el 26 de febrero de 2017:

Luz Mary nos despidió con un abrazo y un cálido “hasta luego”, lamentando que no podamos asistir al Congreso Internacional de Ovnilogía que albergarán en noviembre en el Centro. Nosotros también nos quedamos con ganas de participar en el Festival Alienígena de Capilla del Monte, que se celebra todos los febreros en este pequeño pueblo serrano. Como podrán notar, aquí se aborda la temática alienígena desde diferentes puntos de vista…

Sabíamos que Capilla del Monte tenía el mote de “pueblo hippie“, pero también sabíamos que San Marcos Sierra era incluso más hippie. Cruzando perros que dormían al sol, chañares, olivos y mistoles, caminamos desde la terminal de micros hasta nuestro camping, a la vera del río San Marcos. El pueblo parecía aletargado, vacío: era la hora de la siesta. Eso también constituía parte de la cordobesidad, pensamos. Incluso nos costó encontrar a Lucas, el dueño del camping, que seguramente también estaba durmiendo la siesta.

Con un pronóstico poco alentador, armamos la carpa al reparo de unos eucaliptus y, cegados por el calor, huimos hacia el Dique de la quebrada. El aire traía nuevamente ese olor a jazmín que ya habíamos aprendido que provenía del chañar. Los jotes (habíamos aprendido que no eran águilas, sino jotes, que pertenecen a la familia de las águilas) planeaban en círculos sobre nuestras cabezas, de un lado al otro del cañadón que nos protegía del viento. El río, como siempre en Córdoba, estaba congelado. Después de pasarnos dos días corriendo por Capilla del Monte, habíamos encontrado nuestro primer momento de reflexión del viaje.

Cuando quisimos apurarnos, ya era tarde: el ritmo cansino de San Marcos Sierra nos había poseído. No pudimos conocer el Museo hippie, los túneles de vegetales, el río Quilpo ni el Cerro de la cruz. No pudimos ni quisimos, porque nos quedamos sentados en un puente admirando el atardecer, tomando unos mates, que luego se convirtieron en cerveza, en asado en el camping y en cerveza nuevamente. El pronóstico se quedó solo en amenazas, como casi siempre, y el cielo nos regaló un espectáculo que nos hizo recordar otro pueblo hippie que los dos conocemos muy bien: El Bolsón. Ver tantas estrellas, planetas, la vía láctea y todas esas luces de colores que se mueven en todas direcciones es muy peligroso: cuando volvemos a la ciudad nos sentimos totalmente estafados.

Envalentonados, con las venas llenas de cerveza y vino, de tira de asado y papas a las brasas, conocimos la cara que más nos sorprendió de San Marcos Sierra: su noche. La música nos guió a un pequeño bar, en el cual no había más de veinte personas. Con una Córdoba de litro en la mano y los pies descalzos, como me había advertido el poeta Gabriel Rodríguez Molina hacía un mes, terminamos la noche bailando folclore contemporáneo, desatados, libres, conectados, felices. La cordobesidad, en San Marcos Sierra, era sentir la tierra bajo los pies, era conectarse con la naturaleza. Esa amabilidad que se respira en los pueblos, esa locura que habita San Marcos Sierra y esos senderos que no llegamos a recorrer nos dejaron un “hasta luego” atravesado en la garganta cuando nos subimos al micro que nos devolvería a la ciudad.

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