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Ese olorcito del primer mate de la mañana hace que lo que viene sea más fácil, más ameno. El vapor que sube desde la yerba húmeda penetra nuestras fosas nasales con recuerdos de mates anteriores, mates compartidos con otras personas, en otros lugares. Este mate solo nos trae todos los otros mates, los pasados, pero también los venideros, aquellos que tomaremos con gente que ansiamos conocer en lugares que solo conocemos por fotos.

Todos reconocemos el poder antioxidante y digestivo del mate, pero ya es momento de que reconozcamos su poder para viajar en el tiempo y en el espacio. Los guaraníes tal vez ya lo sabían: ellos sembraban mate sobre la tumba de sus ancestros, para luego poder cultivarlo y conectarse con sus antepasados. Hemos perdido, en parte, esa actitud mística de los guaraníes. Sin embargo, el mate no pierde su esencia por más que nosotros la ignoremos o la menospreciemos.

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