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700 kilómetros de curvas indescifrables que recorren los paisajes más drásticos de la provincia homónima, en el norte tailandés. Una delicia para los expertos y para los principiantes.

Estaba caminando con Ángel por el mercado nocturno de Chang Mai cuando me lo dijo:

—Tenemos que hacerlo. La última vez que lo hice, todos nos caímos al menos una vez, pero valió la pena. Tú tienes que hacerlo, que no lo has hecho aún.

Entonces lo hicimos. Decidimos emprender la arriesgada y serpenteante vuelta de Mae Hong Son.

La ruta 1095 que une Chiang Mai con Pai tal vez sea la que proponga más desafíos. Subida, curva, bajada, curva, curva, subida, curva, bajada, subida, curva. 136 kilómetros y 762 curvas. Atravesamos bosques empotrados sobre rocas cársticas y plantaciones de arroz, cascadas, cuevas y cañones, para desembocar en uno de los pueblos más hermosos de todo Tailandia, un oasis hippie en el medio de la montaña, lejos de las islas más glamorosas del sur del país.

Dormimos durante tres descontracturantes noches en Pai y luego dormimos poco y anduvimos mucho: Soppong, Mae Hong Son, Mae Chaem, y la vuelta a Chiang Mai. Dejamos a muchos amigos y muchas gasolineras por detrás. Ninguna caída, por suerte. Creo que todos los que lo hicimos nos llevamos una curva o dos en la retina. Tendría que preguntarle a Ángel cuál se llevó él.

 

 

Artículo publicado originalmente en Verum.news.

 

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