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Siempre fui un fervoroso adepto a los balcones, sobre todo a aquellos en pisos elevados que permiten el deleite paisajístico. Pero este balcón del hostel de Praga, claramente, era diferente a todos los demás balcones que había tenido la suerte de disfrutar, incluso diferente del de Estambúl, aquel que tenía vista al Bósforo con sus gaviotas omnipresentes y a los minaretes de las mezquitas. No fue el primer detalle que me llamó la atención del hostel, pero sin dudas era su rasgo más pintoresco: la embajada de la República Democrática del Congo se encontraba en el piso inferior del edificio. Me habían comentado que en cinco ocasiones habían recibido amenazas de desalojo, pero que los congoleños, luego de algunos días, conseguían el dinero y regularizaban su situación fiscal, para poder mantener su pequeña oficina en la capital checa.

Cierto, el balcón: era notablemente pequeño, tal vez metro y medio de ancho por medio metro de largo, tenía un macetero enorme vacío (cubierto de nieve, como todo alrededor), lucía un trabajado herraje con patrones retorcidos y leones, digno de la escuela checa de orfebrería. Y se encontraba en el baño, sí, en el baño. Mi alma periodística no pudo con su intriga y pregunté al dueño del hostel acerca del balcón y su ubicación circense; pero su respuesta no estuvo a la altura de mis expectativas fantásticas. Esperaba que me dijera que el antiguo dueño de la casona gozaba de darse baños espumantes con vista a los balcones interiores de la manzana, o que debido al carácter de fugitivo, el dueño había mandado a construir un balcón en el baño, por si tenía que escapar de su hogar justo cuando estaba disfrutando de una ducha caliente en invierno.

Fumaba en el balcón, escribía en el precioso living con arañas doradas, fumaba en el balcón, caminaba por Praga. Debía darle un cierre a mi artículo sobre Europa Oriental rápido, o enfrentar la ira del editor de la revista: ya llevaba un mes viajando y recolectando historias, pero el dinero escaseaba y no podía pedir un adelanto más. Estaba en busca de una historia reveladora, algo que sacudiera la monotonía periodística de aquel que narra hechos ajenos cuando no los siente propios. Necesitaba apropiarme de una historia, aprehenderla verdaderamente, tocar el fondo de la cuestión, sentirla mía para luego poder plasmarla con la emoción de aquel que abre su corazón.

La nieve, el viento y el fuego tienen una relación extraña de amor-odio, nunca más visible que al momento de encender un cigarrillo. El viento apaga el fuego, la nieve calma el viento, el fuego derrite la nieve, el viento alienta el fuego. Trabajosamente encendí el cigarrillo y pité fuerte. Me encontraba sumido en una meditación intensa, mezclaba conceptos en mi cabeza al tiempo que deleitaba mis ojos con la típica construcción checa: cuatro pisos, altillo, techo a dos aguas rojo, patrón sagrado en la capital y alrededores. De repente, un papel intervino en el acto de encender el cigarrillo que se había apagado, chocó contra mi cara, voló nuevamente acariciado por el viento y fue a parar detrás de una maceta, tres balcones hacia la derecha. El viento se detuvo.

Absorto aún por la azarosa combinación de eventos, fijé la mirada pétrea en el papel. Aunque se encontraba lejos, podía percibir un detalle fundamental: el papel no era un retazo de diario o de revista como pensé en un primer momento, sino que estaba escrito a mano en cirílico. Ahí va mi historia, me dije resignado. Resoplé y mientras el viento retomaba su habitual silbatina, encendí nuevamente el cigarrillo y fumé hasta terminarlo.

Ya un poco más relajado, bajé del hostel y me dirigí hacia el centro por la Seifertova. Crucé Wilsonova en dirección al casco antiguo y me adentré por las callejuelas. Cuatro pisos, altillo, techo a dos aguas rojo. Caminé por Hybernská hasta cruzar la diablesca Torre de la Pólvora y luego seguí por Caletná hasta la Iglesia de Nuestra Señora en frente de Týn. Atravesé la Plaza Antigua y el Reloj Astronómico y me dirigí al Puente de Carlos, donde me acodé plácidamente para ver correr el agua semicongelada debajo de mí. ¿Cómo cerrar el artículo? ¿Qué giro podía darle a la historia de los reyes húngaros? ¿Cómo relacionar el Comunismo con el Danubio? ¡El papel del balcón!

Casi sin percatarme, me encontré trotando de regreso al hostel, con la idea fija en la cabeza: el papel del balcón. Debía recuperarlo, traerlo de vuelta del ostracismo en el cual perecería si yo no lo rescataba. En un momento de lucidez, barajé la posibilidad de que el papel hubiese tomado vuelo nuevamente en mi ausencia y ahora se encontrara en algún techo a dos aguas rojo, o tres balcones más abajo, o incluso hundido en la nieve, a punto de convertirse en la nada misma bajo el abrazo destructor del manto blanco. Pero no, se encontraba intacto, tal y como lo había dejado, detrás de la maceta vacía, a tres balcones de distancia hacia la derecha. Encendí un cigarrillo y fumé mientras lo analizaba.

Por medio del magnetismo metódico hinduista no iba a recuperar el papel. Monté guardia durante toda la tarde, para ver si alguien se asomaba por el balcón y así pedirle el manuscrito. Nadie apareció. Me encontraba casi al borde de la hipotermia cuando decidí dejar el balcón y pensar en alternativas que involucraran la acción directa, en contraposición con la vigilia banal y monótona. Calculé el departamento, bajé y toqué timbre. Nadie respondió. Suponiendo que el timbre era el acertado, estaba claro que el departamento se encontraba vacío o gozaba de poco uso regular. Tal vez el dueño era algún checo que trabaja en un banco en Londres, o algún londinense que había decidido pasar sus quince días de vacaciones anuales en la bella Praga. O tal vez el dueño era un vendedor de artesanías y se encontraba trabajando la mayor parte del tiempo. Difícil saberlo.

Me hubiese gustado que el editor de la revista me viera: poniéndole el cuerpo a la situación, con los dedos escarchados y la nariz goteando. Esperé hasta las dos de la mañana y trepé sigilosamente desde el balcón del baño al del vecino. El viento azotaba como de costumbre, lo cual dificultaba el equilibrio. Las cortinas corridas dejaban ver un living hermoso con una biblioteca imponente y un piano de cola negro brillante. Trepé al segundo balcón, tratando de no mirar hacia abajo. La cortina de este balcón se encontraba entornada, así que supuse que podía haber gente. Trepé finalmente al tercero, resbalón de por medio, tomé el papel mojado, lo puse a salvo en mi campera y repetí el proceso a la inversa. Ya de regreso en la seguridad del hostel, coloqué el papel a secar y me fui a dormir, exhausto, nervioso, dubitativo, pero seguro de tener algo.

En la mañana siguiente me desperté sobresaltado. Faltaban dos días para que saliera mi vuelo de regreso y, al problema de aún no haber entregado el artículo, se sumaba el dilema del papel recuperado. No estaba escrito en cirílico como pensé en un primer momento, sino en alfabeto latino, en checo. Las bondades de internet facilitaron mi comprensión parcial del manuscrito: un texto narrativo, con mucha adjetivación, deslizaba una historia de amor trágica en la cual una muchacha se lamentaba, revólver en mano, la desaparición de su amante en circunstancias ajenas a su comprensión. El amante había sido secuestrado y la mujer estaba a punto de suicidarse. Pero el amante había logrado escapar de sus captores y se encontraba en camino de regreso. La paradoja se centraba en el hecho de que los lectores no sabíamos si el caballero llegaría a tiempo para detener el suicidio o sería testigo de este. Una página rayada trazada con una caligrafía admirable, pero solo eso, una página: ningún indicio del final. Imprimí un cartel en checo con las características del cuento y empapelé las manzanas aledañas al hostel para ofrecer su devolución.

Me traté de convencer sin mucho éxito de que ahora sí no tenía nada más que hacer que esperar. Esperar y esperar. Me senté frente a la notebook e imaginé las características del escritor: debía de ser un hombre espigado, de rasgos faciales duros y pelo castaño, ojos marrones tal vez y tez blanca. Un romántico empedernido, fervoroso purista del estilo y las convenciones tradicionales. Lo imaginé escribiendo a mano sus cuentos, entre libros viejos y papeles abollados, enmarcado en una luz tenue amarilla y un fondo de jazz. Usé su figura, ya evidente frente a mis ojos, para terminar el artículo y lo envié al editor, que debería estar colectando ya los últimos retazos de escritura para terminar el número 88. Salí al balcón y fumé un largo cigarrillo que me ayudó a hacer lo único que podía hacer a esa altura: esperar a que el ignoto autor apareciera.

En mi último día en Praga, ya sin esperanzas de hallar al autor, armé la mochila, averigüé cómo llegar al aeropuerto desde el hostel, fumé en el balcón y salí a caminar. Revisé los carteles y confirmé que seguían allí, en un checo rústico e incluso, tal vez, ilegible. Saludé por última vez al Reloj Astronómico y a todos sus personajes, y caminé nuevamente hacia el hostel. En el camino de regreso, busqué en vano el rostro de mi escritor en todos los rostros checos, tapados de bufandas y gorros de lana, envueltos en una bruma espesa. Llegué al hostel, saludé cálidamente al dueño en señal de despedida, pero él me entregó un papel: el escritor finalmente había aparecido, me había dejado su dirección y su teléfono, y había agradecido mi cordialidad; quería cenar conmigo. Me encontraba estupefacto. Después de tanto buscar la historia que cerrara el viaje y el artículo, me encontraba enfrente de ella, sentía su calor irradiando desde mi interior. Un poco nervioso, me dirigí al balcón a fumar, a despedirme de esa magia tan bella que me había envuelto y me había convertido en alguien más. Fumé plácidamente mi último cigarrillo del viaje y me despedí con cierta congoja del balcón. Pensé en la construcción mental que había armado del escritor. ¿Pero por qué debía haber un rostro para ese cuento, un rostro de carne y hueso que cerrara la historia de manera lógica y concreta? Entregué el segmento del cuento al dueño del hostel, tomé mi mochila y me dirigí hacia el aeropuerto, con la idea fija de volver a Praga para cerrar la historia, en otro momento.

 

 

Cuento publicado originalmente en la revista literaria platense Gambito de papel N° 5.

 

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