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Mi primer encuentro con Cortázar fue con Bestiario, allí se plantó la primera semilla, en mis dulces 18 años, y mi segunda cita fue con Rayuela. No hay un mundo posible en el cual esa serie de sucesos no derive irremediablemente en el nacimiento de un cortazariano empedernido, un atrevido y simpático cronopio. Esa mágica sucesión de eventos tuvo lugar en menos de un año, y cambió por completo mi forma de ver la Literatura.

Bestiario es un alocado mundo en sí mismo, y si uno sacude mucho el libro, puede que lo abra y encuentre mancuspias merodeando por el Sena, o tal vez en la calle Suipacha, o conejitos blancos, negros y grises saltando alegremente por Budapest, o quién sabe qué delirio de turno. Estos personajes, por alegres que parezcan a primera vista, cobran papeles oscuros frente a la mirada impúdica de don Julio: es un sencillo tigrecito, tampoco hay que hacer tanto escándalo, son solo muchachos y muchachas llevando flores, que acechan, como todo en la obra; al acecho, por debajo, pero latiendo bien fuerte. Las bestias acechan y los narradores se repliegan. He aquí las dos fuerzas motoras más importantes de las historias, manejadas por Cortázar con la precisión de un neurocirujano.

Ahora hablo de los personajes socarronamente y con ligereza, pero debo admitir que ocuparon varias noches de insomnio consecutivas: digerir las historias que componen este elixir literario no resulta tarea sencilla. Imaginé tantas veces a las mancuspias que para lograr perderles el miedo, las utilicé como instrumento educativo: pedí a mis alumnos de 10 años que, luego de que les leyera el cuento, las dibujaran. Hordas de mancuspias pluriformes nacieron en ese bello acto. Algunas se parecían más a las que me perseguían, pero otras me generaban una ternura paternal. Espero que ningún niño se haya hecho pis en la cama esa noche; si fue así, quiero aclararle a su familia y al pequeño que esa no fue mi intención, que solo fue un impulso cortazariano.

Esa pequeña semilla germinó y luego comenzaron a aparecer las primeras hojas, y las primeras flores —claveles negros, gladiolos, rosas rojas, calas y margaritas—. Las hojas y las flores se multiplicaron y dieron lugar a otras más maduras y coloridasTodos los fuegos el fuegoUn tal LucasHistorias de cronopios y de famas62 modelo para armarLos premiosLas armas secretasAlguien que anda por ahíLos reyesFantomas contra los vampiros internacionalesSilvalandia. Con el pecho bien inflado confieso no haber leído la bibliografía completa de Cortázar: saboreo ese placer relegado como aquel que deja añejar un vino para destaparlo en su noche de bodas, o mejor aún, en su despedida de soltero.

La sucesiva relectura de los cuentos que componen Bestiario, en vez de presentarme nuevas respuestas como podría esperarse, me ha revelado nuevas preguntas y nuevas interpretaciones de los cuentos que creía haber ya masticado lo suficiente. ¿Quién era la que estaba del otro lado del puente a punto de morir de hipotermia? ¿Qué tenían los bombones realmente? ¿Por qué los conejitos no dejaban de brotar de las fauces del traductor? Mario seguramente encontró a Celina, pero el abogado no lo quiere revelar. ¿A quién se habrá comido primero el tigre? ¿Me hubiese bajado yo también del micro? ¿Hubiese dejado la casa? Las mancuspias deben emitir un alarido espeluznante. ¡Cuán cargados de vida, y de lengua de aquí y de allá, y de la esencia del ser humano al descubrir una cara en una tostada quemada que están los cuentos de Bestiario!

La lectura de Bestiario me pareció completamente reveladora y luego esencial, y por eso es que recurro a ella siempre que tengo que resolver algún asunto cotidiano urgente, como cortar el césped o patear un tiro libre. Cortázar ha escrito, alguien podría decir, mejores cuentos que los que aparecen en Bestiario: “Las armas secretas” es un cuento largo perfecto, punto. “El perseguidor” lo tiene todo, “Continuidad de los parques” es, en sí mismo, la cátedra de cómo escribir un cuento corto. Sin embargo, Bestiario es el mejor y más orgánico libro de cuentos que jamás haya escrito Cortázar. O cualquiera. Por eso lo elegí como regalo en cinco ocasiones, para cinco personas especiales que merecían el placer de la más bella Literatura.

Con orgullo (también) debo reconocer que Julio marcó un punto de quiebre en mi vida: jamás hubiera leído una novela entera con tanta voracidad si no fuera por él y su Rayuela, jamás hubiese escrito un cuento si no fuese por su Bestiario, como así tampoco me hubiera ido a Asia cinco meses, quizás, si no fuera por las Historias de cronopios y de famas. Él despertó una curiosidad inagotable en mí, y luego, no ya contento con su proeza, la centuplicó al cuadrado y luego la triplicó, como para quedarse tranquilo de que la obra estaba completa. Dejame agradecerte, Julito, por todas las tardes y noches de sonrisas, por todas las madrugadas de pánico, por todos los mundos que me hiciste recorrer. Espero que desde el panteón puedas ver que diligentemente riego, día tras día, esa semilla que vos plantaste con Bestiario.

 

Pd.: Querido lector: si usted no entendió absolutamente nada de lo que acaba de leer, es porque se perdió algo muy importante. Por favor, acérquese a su librería más cercana y adquiera un volumen de Bestiario. Luego de leerlo, relea este artículo. Muchas gracias y disculpe las molestias (o alegrías) causadas.

 

Este ensayo fue publicado originalmente en la revista literaria platense Gambito de papel número 7.

 

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