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Conocí a Emanuel «Pipi» Reyes, a quien nunca logré llamar «Pipi», sino «Ema», en un taller de gestión de proyectos culturales, hace aproximadamente dos años y medio. Por ese entonces, yo andaba con poco trabajo y muchas dudas, entonces intentaba encontrar respuestas en lugares tan diversos como charlas de cancillería, ciclos de cine, talleres de traducción y fiestas de música electrónica.

En el mismo taller en el cual conocí a Ema, conocí a otros artistas que tenían algunas de las ideas más locas y disruptivas que me había cruzado hasta ese momento: una mesa itinerante para que la «gente que dice no saber dibujar» pueda imitar pinturas renacentistas, una colección de quipus postmodernos (expresión artística que me era completamente ajena) que reflejaban la «europeización» del Tawantinsuyo, un mapa de femicidios de la provincia, bibliotecas en el medio de la estepa patagónica.

El impulsor de este último proyecto justamente era Ema, alguien que por entonces no tenía mucho tiempo libre, ya que estaba poniendo en valor y «activando» en sentido artístico el Centro Cultural Islas Malvinas, un lugar que por la acostumbrada desidia municipal se estaba convirtiendo en un nido de ratas; Ema pretendía instalar bibliotecas de consulta completamente libre cerca de su tierra natal, Puerto Madryn, para que los exploradores intrépidos, pero sobre todo los transeúntes casuales, se sorprendan al encontrar unos cuantos ejemplares de Boquitas pintadas o de Rayuela en el medio de la aridez chubutense. El proyecto no prosperó, tal vez por falta de dinero, tal vez por falta de tiempo, tal vez por falta de los dos, pero esa reunión en la Biblioteca Provincial Ernesto Sábato me reveló el carácter de un ser intrépido, arriesgado, pasional, creativo, empático y encomiable.

No pude asistir al segundo encuentro del taller porque tenía que entregar una traducción ese mismo día. Ema seguramente fue y pulió un poco más su idea de las bibliotecas errantes.

Por suerte, o por designio de los astros, o por simpatía, o incluso tal vez por empatía, Ema me escribió a los cinco meses. Había cambiado de locación, mas no de trabajo, porque ahora estaba «activando» del mismo modo el Palacio López Merino, un enorme palacio art nouveau devenido en complejo bibliotecario, o lugar en el que no pasaba mucho. Su idea era reflotar la poesía de Francisco López Merino, poeta platense que trenzó amistades con Jorge Luis Borges, y apropiar la que fue su casa por algunos años para que los artistas platenses la intervengan.

Y cuando digo «la intervengan» estoy deliberadamente ampliando el marco de referencia para incluir esculturas, pinturas, grafitis con esténcil, danza de contacto, artes performáticas, proyecciones, baile, canto y cientos de otros medios de expresión artística más. Por suerte, o por designio de etc., me invitó a participar en la segunda muestra del proyecto «Brotes«, un nombre tan metarepresentacional como evocativo.

Pipi (voy a intentarlo) me prestó las ediciones originales de los poemarios escritos por López Merino (Panchito, para los amigos), me contó sobre su obra, sobre su casa y sobre las peripecias de su vida con una pasión tan honesta y contagiosa que el texto que trabajé durante un mes fluyó como río de deshielo. Bueno, sí, tal vez en algún momento dudé de alguna expresión, de alguna metareferencia, pero la energía de Ema (sí, ya volví, perdón) me columpió hasta la versión final del texto, aunque creo que no es necesario aclarar que no existen versiones finales en los textos, sino cortes parciales, pausas, descansos.

Ema, manantial de energía, fuente de inspiración, talismán y templo, asistió a otros setenta artistas más durante esos dos meses. Entregó su cuerpo y su creatividad, su sapiencia, y el día del estreno de la muestra, eso fue absolutamente evidente: el palacio se colmó de gente, casi como si fuera un estadio de fútbol en el cual Argentina jugase contra Brasil y diesen cerveza gratis, o como si fuese Elrich el que presentaba una muestra y no un grupo de ignotos artistas del bajofondo de la ciudad de los tilos y las diagonales. Nos brindó contención, nos dio un marco, nos puso a crear y nos acercó al público. Su contagiosa sonrisa y su mirada cándida ejercieron un efecto contagio tan poderoso que la emoción al recordar ese momento todavía me dura hasta el día de hoy.

A los, digamos, porque soy pésimo para las fechas, siete meses, fui yo el que esta vez activó el canal de la comunicación para pedirle a Pipi (here we go again) que me ayude a organizar la presentación del décimo número de la revista literaria que codirijo. Había quedado absolutamente fascinado con el palacio y quería que Gambito de papel se nutriese de ese manantial artístico embriagador.

Durante esos encuentros previos a la presentación, pude entender cabalmente la magnitud de su capacidad de resolución, la complejidad de sus laberintos creativos, su compromiso con el arte tranformador, su magnanimidad, su sapiencia. Estuvo siempre listo y dispuesto, para y ante todo. Siempre.

Por supuesto, gracias al talento del grupo de artistas que conforman Gambito de papel, a las deidades, al buen clima, etc., pero, sobre todo, por Ema, el evento sigue en la memoria de todos los que estuvieron ese día en el palacio; ni hablar de la emoción que me genera cada vez que lo sueño, que lo saboreo en el paladar, que lo manoseo para luego colocarlo de nuevo en el estante de la memoria correspondiente, para que no se pierda, ¿vio?

Y, como era de esperar, unos, digamos, cinco meses después, Ema emigró a las grandes ligas: recibió una beca para seguir demostrando su talento, para seguir ejerciendo su arte y su influencia en Barcelona, la París de la década del 30 actual, el epicentro de los creadores y, hay que decirlo, de los medios. Ya no más carencia de recursos o trabas burocráticas, sino solo crear, ser.

Pero pareciera que su capacidad y su talento son innegables, porque Guillermina Allende, la por entonces directora de Cultura, lo mandó a llamar para que vuelva a La Plata: le ofrecieron la dirección del palacio. Fue una sorpresa refrescante ver que Ema estaba nuevamente a cargo del palacio, en la cabina de mando, con el timón bien aferrado en la diestra. Gestionó la tercera edición de Brotes, obras de teatro, presentaciones de libros, ágapes, fiestas, la renovación del patio, del subsuelo, de la terraza… Básicamente, volvió a ser Ema.

Pero llegaron las elecciones y los chimpancés de turno (que me disculpen el agravio esta especie de primates) ganaron nuevamente en La Plata, la ciudad de los tilos y las diagonales, y los monos en el poder. Y tuvieron que devolver los favores que pidieron para poder ganar, y en ese proceso se llevaron todo por delante, porque ya no importaba que las instituciones funcionen o que crezca la economía o la cultura, porque lo importante era ganar, y eso ya se había consumado. Ganar les asegura impunidad, ganar les brinda la protección del estado, ganar significa, para estos homínidos, que pueden hacer lo que quieran en los próximos cuatro años.

Y así fue que despidieron a Guillermina Allende para meter a un amigo o amiga. Emanuel presentó su renuncia, como gesto de buena fe, pero se la rechazaron. Y en ese momento uno podría creer que los monitos, entre banana y banana, entendieron algo. Pero no, error fatal: a la semana le avisaron que le aceptaban la renuncia, la cual nunca hicieron efectiva de manera formal, sino que le prohibieron volver a entrar a su lugar de trabajo.

A la semana de haberme enterado de la noticia del despido de Ema, seguía levantándome con un dolor de panza muy atípico: un ardor me subía desde el abdomen hasta el cuello, un calor ácido, amargo, insoportable. Era una sensación que podía poner en palabras con mucha facilidad: «No puedo aceptar que la realidad ahora sea esta, que esto esté pasando, que mi lógica quede tan contrariada en relación con la de los otros simios». Pero había pasado, efectivamente, lo habían echado.

Llegué media hora antes al palacio ese día para la proyección de Dolor y Gloria, una película de Almodóvar que resumía en su título mi última semana, esas contradicciones tan agudas. Dentro del palacio, y en sus alrededores, había no menos de quince efectivos de «control», o «seguridad», o «prevención», nombres todos muy simiescos y eufemísticos. Había una vibra horrible en el lugar porque ya se sabía lo que iba a pasar. Y pasó, porque era absolutamente imposible que no pasara. ¿Cómo podíamos quedarnos callados cuando le habían cortado las alas al albatros?

No te merecemos, Ema. Te pido perdón en nombre de los brutos que nos representan en instituciones que más que «culturales» deberían llamarse «castracionales». El cosmos es tuyo, las deidades están a tu favor; tus alas se repondrán y te veremos volar lejos de aquí, hacia algún lugar que verdadera y honestamente te merezca.

Vuelta alto, sigiloso albatros, el cosmos es tuyo.

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¡Las violetas, las violetas!

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