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Santiago del futuro, te voy a contar lo que pasó hoy por si te olvidás, porque la memoria es traicionera y la vida incierta, tan incierta que no pudiste prever lo que pasó, que no tenés ni idea de lo que va a pasar mañana. Por suerte, Santiago del futuro, por suerte… ¿Qué harías si la vida fuese una sucesión de eventos predecibles, como a veces creés que es, como muchas veces creés que es? ¿Qué harías?

Pero no lo es, entonces te apuntaste a una excursión, vos que siempre preferís hacer las cosas solo, te sumaste a Fede (músico, marplatense, ocurrente), a su madre (dulce, mística), a Rita (portuguesa, bióloga molecular, empática y sonreidora compulsiva), a dos señoritas más que salieron de quién sabe dónde y al guía (Armando, explicativo y también místico) en una caminata por los cerros que debía terminar en una cueva. Porque cuando la vibra es buena, vos siempre confiás, Santiago, aunque la humanidad que te rodea te advierte a gritos que tengas cuidado, vos confiás sistemáticamente. Sin saber hacia dónde, pues, los seguiste.

Los senderos en la quebrada siempre son hacia arriba y carecen de cualquier tipo de demarcación. Este, en particular, estuvo cargado de preguntas (¿Hace cuánto que la comunidad ocupa estas tierras? Solo desde la modificación de la constitución del 94 nos reconocieron, pero desde hace más de 200 años. ¿Cuántos años tiene ese cardón? Crecen 2 cm por año, así que alrededor de 500 años. ¿Notan algo extraño acá? Son andenes de cultivo y pircas de exiliados por el inca) y de sol, muchísimo sol, y muy fuerte.

Como buen preguntón que sos, exigiste historias, Santiago. Espero que el Santiago del futuro no pierda esa esencia, ese fundamentalismo de la curiosidad, ese cuestionamiento constante que tanto irrita a los pacatos y a los carentes de creatividad. Ay, Santiago, vos y tus preguntas. De seguro filtrarán tus amistades y te dejarán, por suerte, al lado de sujetos peculiares y retorcidos.

Te contaron que, en estas tierras, adoran a la Pachamama y al Diablo, como te habían contado en Bolivia, país al que los viajeros, hoy en día, lamentan no poder acceder. La Pachamama acepta las ofrendas simples pero honestas: hojas de coca, chicha, unas palabras. El Diablo solo acepta ofrendas caras: bebidas de lujo, trajes vistosos en Carnaval, comidas elaboradas. El Diablo, entendiste, es exigente, pero recompensa de manera acorde. Entendiste, también, Santiago, que este equilibrio también es necesario, que debido a que vivimos en una sociedad capitalista, ofrendar al Diablo es igual de importante y necesario que ofrendarle a la Pachamama, porque ella nos podrá brindar alimentos, cobijo y candor, pero Él controla el vil metal.

Se sientan en ronda, siempre, para que la energía fluya sin interrupciones y de manera equilibrada. Escuchan a los abuelos porque siempre tienen razón. Nunca obtienen agua directamente del ojo del manantial, sino que hacen un pozo cerca de allí, porque ese ojo de agua es el ojo de la Pachamama, y desde allí nos observa. Siempre que tienen alguna dolencia, recurren a las plantas que los rodean, porque allí están los remedios para toda sanación.

En la cima, la entrada a la cueva representaba todos nuestros miedos: estrechez, oscuridad, incertidumbre. A paso lento, la enfrentamos, y la recompensa, en la otra punta de la cueva, fue una vista ridículamente compleja de una zona de la quebrada que solo se puede apreciar desde allí. Dejame recordarte, Santiago, por si la memoria te falla, que te hubiese gustado quedarte ahí por horas, a analizar cada detalle de ese paisaje incomprensible. Pero, en algún momento, había que seguir. Parece, Santiago, que siempre hay que seguir. Tal vez en el futuro pienses distinto; eso no lo puedo predecir ahora.

Pero había otra cueva, Santiago, y entraste con un poco más de miedo, porque esta era más cerrada, más oscura, más difícil de transitar. Y cuando llegaste al fondo, al final, porque esta no tenía salida, sentiste aún más miedo, pero te acordaste de las minas de Potosí, también en Bolivia, donde superaste la claustrofobia (espero que recuerdes), y te tranquilizaste un poco.

Allí, en el vientre de la Pachamama, sentado en círculo con toda esa gente que al principio del día, ya tan lejano, eran extraños, mas ahora afectos, te contaron que, cuando tenían una pena profunda, los ancianos de la comunidad se refugiaban en estas cuevas para reflexionar.

En la oscuridad absoluta, con el cuerpo sacudido por escalofríos, rebosante de emoción, reflexionaste, Santiago, pensaste en tus penas, en este 2019 cargado de cambios y emociones incontrolables, en todos esos cambios que venías intentando asimilar, en todo eso que tenías adentro y te lastimaba. Entendiste, finalmente, que tal vez era necesario llegar hasta ahí, hasta el vientre de la Pachamama, para poder sanar, para poder perdonar y perdonarte, para poder mirar hacia adelante sin rencores. Lo lograste, Santiago, no te olvides: en esa cueva te sanaste, y la experiencia mística que buscabas en las montañas del norte argentino llegó, sin avisos, sin preámbulos. No lo olvides nunca: tu camino siempre estará cargado de sorpresas.

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