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“…espero a sentir en la garganta

la pelusa tibia que sube

como una efervescencia de sal de frutas.

Todo es veloz e higiénico,

transcurre en un brevísimo instante.”

 

 

Estoy realmente emocionada por haberme mudado finalmente a la casa de la calle Suipacha. Los espacios son divinos, muy espaciosos y decorados a lo francés, tal como te gustarían a vos. Las habitaciones tienen veladores dorados con pie de mármol, trabajados con detalles finísimos. Las cortinas de seda son una hermosura, cuelgan majestuosas frente al balcón de cada habitación y combinan perfectamente con las sábanas y las frazadas de la cama, en tonalidades ocre, especiales para esta estación del año. Las otras más coloridas esperan guardadas en lo alto del ropero. La cama ocupa el centro de la habitación y el respaldo tiene terminaciones de caoba. Un cuadro de Julio Silva que muestra a cinco adorables criaturas filosofando y un armario blanco completan el panorama.

El living y la cocina son adorables. En el living, los anaqueles ocupan el centro de la escena. Se yerguen majestuosos los lomos de colecciones de historia argentina, obras de Giraudoux e historias de literatura fantástica del siglo XIX. Andrée posee también una colección de discos muy interesantes, así que a menudo Julio pone algún disco de Benny Carter y la pasamos de maravilla. Me encantaría que estuvieses acá para compartir una cena con nosotros, para compartir una charla, un cognac en la sobremesa. Anhelo en vano, lo sé, pero de todas maneras, anhelo.

 

 

Hacía seis meses ya que estábamos buscando una casa con Julio, algo tan complicado por estos días, considerando los precios que se manejan, de manera que nos vino fenomenal que Andrée se ofreciera a prestarnos la casa mientras ella no estaba. Julio la conoce hace muchos años ya y ella confía mucho en él, al igual que yo. Julio es una persona bastante solitaria y tranquila, todo el día con las traducciones y los diccionarios, así que nos llevamos de maravilla. Lo llaman bastante seguido los amigos, pero a él no le gusta mucho salir por ahí, así que las habitaciones son nuestros mundos individuales y el living presencia nuestros esporádicos cruces diarios y las ineludibles cenas nocturnas. El banco está pensando en abrir otra sucursal pronto, así que estoy volviendo a casa a cualquier hora. Espero que me estés extrañando tanto como yo, espero que pronto pueda ser objeto de tus caricias sanadoras, las que me hacen olvidar lo lejos que estás y lo mucho que te extraño.

 

 

Tal vez te suene un tanto extraño lo que te diga, pero luego de unos meses de convivencia con Julio he notado ciertas peculiaridades en su comportamiento que me inquietan y me gustaría compartirlas contigo. Él es una persona extremadamente ordenada y pulcra, sumamente cuidadoso, por lo cual no entiendo el hecho de los libros roídos. Sé que lee asiduamente los libros de Andrée y tiene pensado completar la colección de historia argentina pronto, me lo ha comentado. Me cuesta comprender el hecho de que Julio no esté cuidando las pertenencias de Andrée, me parece totalmente desorbitante, me parece todo lo no-Julio. Tal vez haya alguna suerte de plaga de roedores alimentándose de la historia argentina de López y yo lo estoy acusando a Julio, pero sinceramente la situación no me parece clara. Algo menos claro aún es el rostro de Julio en las mañanas: luce pálido, viste ojeras diametrales, tartamudea las palabras y parece al borde del desmayo casi constantemente. Asumo que los clientes le estarán enviando un caudal de traducciones mayores y que eso lo ha mantenido en vilo algunas noches consecutivas. Debería advertirlo al respecto, ¿no crees?

 

 

Te escribo desde el balcón en esta hermosa noche estrellada, con el corazón en la mano, para decirte que te amo y que te extraño. La vista sobre la calle Suipacha es romántica, pero el firmamento lo es aún más, y no soporto el hecho de que nuestro amor esté separado por un océano. Un mar de distancia nos separa, separa nuestros abrazos, nuestros besos apasionados, nuestras noches caminando por la ribera del Sena, esas hermosas veladas de quesos y vinos bajo las luces cálidas de tu departamento de la Rue Mongue, en las cuales hacíamos el amor locamente y nos jurábamos no separarnos ni por un solo instante más en esta vida. Creíamos que el tiempo en el cual aún no nos habíamos conocido había sido más que suficiente tiempo lejos, separados nuestros labios. Hoy, a un océano de distancia, siento tu ausencia más que nunca, y me pregunto seriamente si el trabajo y la posibilidad de vivir un tiempo en Buenos Aires, cerca de la familia y con Julio, valen la pena la distancia. Tu ausencia grita en mi pecho y se derrama a través de mi mejilla.

 

 

Mi amor y mi vida, espero que recibas esta carta antes de que yo llegue a tocar tu timbre, antes de que tome el avión que me deposite del otro lado del océano que nos separa y que no nos separará más, porque renuncié al trabajo y porque quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, ni un segundo más separados. Los hechos se precipitaron de una manera estrepitosa frente a mis ojos, y no logro conciliar el sueño ni el alma, y creo que solo podré hacerlo una vez que esté en tus brazos y me funda en un abrazo eterno contigo.  Jamás me imaginé cuando encontré ese pelo blanco en la alfombra cómo iba a ser el final. Jamás sospeché absolutamente nada (¿cómo iba a hacerlo?) cuando al limpiar los zapatos la noche pasada me encontré de sorpresa con un trébol en la suela. Ahora que ato los cabos todo tiene sentido, pero un día atrás la situación actual hubiera sido impensable, e incluso hoy en día me parece tan irreal. He tomado la decisión de acudir a tus brazos debido a los acontecimientos de ayer y, mirando en retrospectiva, siento que fui una estúpida y una tonta por irme de París, por pensar que un trabajo en Buenos Aires y una convivencia con Julio podían darme algo. Fuera de ti, nada, mi amor; fuera de ti, nada… Esta mañana me desperté con la horripilante visión desde el balcón del quinto piso de la calle Suipacha. Julio se tiró, mi amor, y eso no es todo, en la vereda de la calle yacen, junto a su cuerpo despedazado, once conejitos blancos, negros y grises.

 

 

Cuento publicado originalmente en la revista literaria platense Gambito de papel.

 

 

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