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La falta de inspiración es uno de los tópicos más inspiradores de la literatura. Millones de personas alrededor del mundo, sentadas frente a un cursor que titila en cámara lenta, con un café en la mano derecha y una lámpara de pie en el flanco izquierdo, han intentado comenzar textos que nunca fluyeron. ¿Se puede forzar un texto para que fluya?, se preguntan esas millones de personas, mientras el fondo del cursor les empieza a encandilar los ojos. Yo sabía lo que quería decir y, solo tal vez, cómo decirlo; pero aquí me encuentro, frente a la inmensidad de un desierto de sal.

A medida que pasan los minutos, la tensión se acumula sobre los hombros de esas millones de personas. Empiezan a fastidiarse, se les enfría el café que sostienen en la mano derecha y el tedio comienza a trepar desde los tobillos. Cinco palabras, tipeadas con convencimiento, ahí viene el vendaval, ¡fluye! Pero no: borrar, borrar, borrar…

La ventana asoma tentadora: hay un mundo afuera que grita en colores y olores. El ruin celular gruñe desde su silencio y el litio de la pantalla resplandece con “Tenés 28 mensajes nuevos de Los fanáticos del vino”. ¿Qué fue ese ruido? ¿Lloverá mañana? ¿En qué andará Dani? El cursor titila y los millones de personas alrededor del mundo lo miran, absortos, idos, resignados.

Las personas apoyan la taza vacía en el apoya vasos, redireccionan la luz de la lámpara, cambian la música. Ese jazz estaba demasiado inquieto, necesito algo más lento, algo más evocativo, algo distinto. Vamos con esto. Ya sé lo que quiero decir, ya sé, tal vez, cómo quiero decirlo. Aquí viene la inspiración, aquí viene el vendaval, ¡fluye! Diez palabras, otras dos, pero borrar, borrar, borrar…

Algunas personas se paran y ponen el lavarropas, porque, si no, mañana no van a tener ropa interior limpia. Otras personas llaman a Dani y le preguntan por su hijo, por su trabajo y por su esposa. Otras personas encienden un cigarrillo y salen a caminar, bajo la luz de los faroles, para convencerse de que no son tan malas como creen. Muchas otras personas abren la heladera y hurgan, con desesperación, restos de algo que los saque de ahí, de ese estado. Algunos pocos se van a dormir, resignados.

Los escritores, en cambio, tipean de nuevo, aunque sepan que luego van a borrar, borrar, borrar…

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