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Los reyes de Tailandia protegen a su pueblo y abogan por la religiosidad en el país, cuidando celosamente que los principios morales se mantengan firmes y perduren en el tiempo, con la única salvedad de que, tal vez, nunca vinieron a Pattaya.

Pattaya es la capital de la provincia de Chon Buri, salpicada por el mar del Golfo de Tailandia, a tres horas de Bangkok. La industria inmobiliaria prospera en la región, y los condominios surgen tan rápido como los hongos mágicos en el sur del país. Sin embargo, la industria que moviliza a la ciudad no trata con ladrillos, sino con carne.

En mi cabeza nunca merodeó la idea de venir a conocerla. Rayong era la ciudad elegida para saborear mi última zambullida en Tailandia, antes de emprender camino hacia el norte, a la zona más codiciada del país de los elefantes. Luego de eso, el extenso y doloroso regreso a “casa”.

Pero el camino del viajero se arma día a día, y minutos antes de reservar el hostel de Rayong, entre cervezas y anécdotas, me advirtieron, en un inglés-alemán serio: el mar de Ranyong es muy feo. Go to the island in front of Pattaya, me dijo. Justo Pattaya, pensé.

Ya instalado en la ciudad portuaria, quise evitar la zona maldita; almorcé, conocí la playa y descansé. Pero no podía irme sin verlo con mis propios ojos, de modo que compré una Chang bien helada y lentamente, con cierto resquemor, me dirigí a la popular e infame “Calle Peatonal” (“Walking Street“).

Sí, se asemeja a lo que había visto por internet. Pero al mismo tiempo, supera mi tosca creatividad: es muy sencillo encontrar a cincuentones ingleses y estadounidenses con pequeñas tailandesas de minifalda. Las strippers bailan en peceras pequeñas, o al menos hacen que bailan, y se mueven desganadas alrededor de un caño brillante. Hay para todos los gustos: clubes para hindúes, para rusos, para iraníes, donde los “caballeros” pueden ver a sus compatriotas en paños menores, si es que tapan alguna parte de su cuerpo.

Ahora, yo le pregunto a usted, querido lector: ¿vendría con su novia, amante o señora esposa a la calle por excelencia de la prostitución en Tailandia (y tal vez del mundo)? ¿Traería de paseo a su pequeño retoño al centro de la trata de Asia? La respuesta para muchos es un “sí” rotundo, y allí van, de la mano de sus padres, apreciando lo podrida que está la sociedad.

Las mujeres y las niñas que trabajan aquí son reclutadas en los pequeños pueblos agrícolas del norte. Desde los alrededores de Chiang Mai y Kanchanaburi, las niñas son traídas, engañadas burdamente: van a bailar, le van a poder enviar dinero a sus padres, mucho dinero, su hermano va a poder estudiar en la universidad.

Pero al llegar, se encuentran con una realidad notablemente distinta: serán protagonistas del show más popular de Tailandia, ese que atrae a turistas de todo el mundo y el que mueve millones de baths. Serán las estrellas rutilantes del show, aunque después no salgan en ninguna revista, y mucho menos, en la televisión.

Mientras caminaba por la “Calle Peatonal“, alrededor de veinte personas me ofrecieron entrar a los “ping-pong shows“. Los clubes estaban enmarcados en luces de neón y la música inundaba la calle. Me extendían menús de todos lados con el programa del show: sexo en vivo, mujeres practicando felatios, mujeres que pican pelotas de ping-pong con su vagina, mujeres que tiran dardos a globos ubicados en la cabeza de los turistas (con su vagina también, obvio), mujeres que se introducen cuchillos y ranas en sus vaginas, y la lista sigue, interminable. Las actividades más degradantes que una mujer pueda ser obligada a realizar están en Pattaya, o no están. Y a cambio, les pagan algunos centavos, mientras los turistas disfrutan del show con una Chang bien helada, como la que me tomé yo antes de llegar.

Por suerte la policía tiene todo bajo control y nada ilegal ocurre aquí. Los uniformados, desde sus sillas ubicadas a lo largo de los seiscientos metros que ocupa la calle, se cercioran de que las actividades recreativas se desarrollen con normalidad. Deben tener una aplicación muy eficiente, porque no despegan los ojos del celular. Tal vez, incluso, en el proceso, logren atrapar algún Pokemon.

Las figuras del rey y de la reina adornan la calle y los clubes, rodeadas de flores e inciensos. Ellos protegen a su pueblo, y el pueblo los ama. Y este ignorante turista se pregunta, repetidamente: ¿hay algún país del mundo en el cual el doble discurso funcione de manera más eficaz que en Tailandia? ¡Que el Buddha cuide a la familia real y la proteja! Pero que alguien, por la dignidad de país, haga algo con las chicas de Pattaya.

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